Dogmas, poder y obediencia

Cuando religión y política dejan de ser ideas y se convierten en sistemas de control

En la entrega anterior, la 1ra de esta serie de 4 reflexiones, Tecnología avanzada, Humanidad atrasada. Les contaba sobre la necesidad de seguir pensando a pesar de los avances.

A lo largo de la historia, los seres humanos han buscado respuestas a preguntas primordiales: de dónde venimos, qué significa vivir y qué nos espera en el futuro. En ese proceso florecieron religiones, filosofías y sistemas políticos que intentaban ofrecer orden y sentido a la existencia.

En principio, es obvio que no hay nada incorrecto en eso. Las sociedades necesitan marcos de referencia para organizarse. El problema comienza cuando una idea renuncia a ser una propuesta y se transforma en un dogma incuestionable.

Cuando esto ocurre, el pensamiento deja de ser algo necesario y la obediencia se vuelve la norma.

El poder de las promesas

Desde tiempos antiguos, muchas estructuras de poder han utilizado una combinación muy efectiva: promesa y temor.

En primer lugar, nos ofrecieron la indeleble Promesa de la salvación, luego, nos dieron la “Promesa de la justicia” y finalmente, nos hicieron creer en la fútil “Promesa de una gran recompensa después de la muerte”.

Y al mismo tiempo, nos infundieron el Temor al castigo, algo cruel y hasta aberrante, mas tarde nos acuñaron el Temor al caos. Y para finalizar, incrustaron en nuestras mentes el imperdonable Temor a cuestionar.

Este mecanismo de estructura muy bien elaborado, no es exclusivo de la religión. También apareció mas tarde y de forma constante, en las estructuras políticas.

Construyeron un sistema que promete orden, prosperidad o redención colectiva. Y a cambio, pidieron algo muy específico: lealtad absoluta. Y cuando la lealtad sustituye al pensamiento crítico, el sistema ya no necesita convencer. Solo necesita mantenerse.

La historia se repite

Durante siglos, los imperios utilizaron la religión para legitimar el poder. Los reyes gobernaban y refrendaban sus poderes cuando decían, es “por voluntad divina”.
Los líderes religiosos se atribuyeron el derecho a ser ellos los que interpretaban la “verdad absoluta”. Y en consecuencia, los pueblos obedecían porque cuestionar, podía significar castigo espiritual o social.

En muchos casos, la política y la religión se fusionaron en una estructura única de control. Y aunque el mundo moderno presume haber superado esas etapas, el patrón sigue apareciendo bajo diferentes formas.

Dogmas modernos

Hoy no siempre hablamos de religión cuando hablamos de dogma. También este fenómeno puede presentarse como ideología política.

Un partido político puede transformarse fácilmente en algo más parecido a una religión que a una organización democrática. Cuando eso ocurre, aparecen señales claras:

El líder se vuelve un ser absolutamente intocable, la crítica interna desaparece o se obvia, y los seguidores justifican cualquier error. Además, algo que hoy día vemos con frecuencia es que, el o los adversarios, dejan de ser un rival y pasan a ser un enemigo moral.

En ese punto, el debate desaparece. Y cuando desaparece el debate, también desaparece la libertad intelectual.

La comodidad de obedecer

Hay una razón por la cual estos sistemas funcionan muy bien, y es que en principio ofrecen algo que muchas personas desean profundamente. Certeza!!

Pensar de manera independiente exige asumir algún tipo de responsabilidad personal. Significa también, tomar decisiones sin ningún tipo de garantías, y edemas, enfrentar dudas y aceptar que nadie tiene todas las respuestas.

Seguir un dogma, en cambio, para muchos significó tener una vida más simplificada. Las respuestas ya están dadas y no hay nada que cuestionar. Las reglas están claras y el grupo le ofrece una sensación de pertenencia. Así que, En lugar de pensar, solo hay que obedecer.

El precio de la autonomía

Las personas que deciden pensar por sí mismas suelen pagar un precio social. No encajan completamente en ningún grupo, cuestionan narrativas dominantes y aceptadas. Y por si eso no basta, evitan aceptar respuestas simples para problemas complejos.

En muchos casos son percibidas como problemáticas, escépticas o incluso arrogantes. Pero lo que realmente hacen es algo muy simple: se niegan a delegar su conciencia. Porque no necesitan que otro piense por ellos.

Libertad y responsabilidad

La verdadera libertad no consiste en hacer lo que uno quiere sin asumir las consecuencias. Consiste en adjudicarse plenamente la responsabilidad de nuestras decisiones. Eso incluye aceptar errores, cambiar de opinión cuando aparecen nuevas evidencias y reconocer que ningún sistema de pensamiento es infalible.

Las sociedades más saludables no son aquellas donde todos piensan igual. Son aquellas donde las ideas pueden ser cuestionadas sin miedo.

El futuro del pensamiento

En un mundo cada vez más polarizado, el pensamiento independiente se vuelve más importante que nunca. No porque exista una verdad absoluta esperando ser descubierta, sino porque la única forma de acercarnos a esa verdad, es mantener abiertas las preguntas.

Las religiones pueden ofrecer consuelo y La política puede ofrecer organización. Pero ninguna de ellas debería exigir la renuncia al pensamiento. Cuando eso ocurre, ya no estamos ante una idea, estamos frente a un sistema de control.

Reflexión final

Tal vez el mayor acto de libertad en cualquier sociedad sea algo muy simple:

Pensar por cuenta propia. No para imponer nuestras ideas a otros, sino para no renunciar a la responsabilidad de entender el mundo por nosotros mismos. Porque cuando dejamos que otros definan o nos digan que es lo que debemos pensar, creer o defender, dejamos de ser ciudadanos y nos convertimos en seguidores.

Y la historia demuestra que los seguidores siempre terminan sirviendo a alguien más.

El futuro ya llegó.
La verdadera pregunta es si nosotros también.

La siguiente entrega “La Soledad del Pensamiento Independiente” estará disponible muy pronto, ojala disfruten de este y los siguientes temas.

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