Contabilidad de los descartados

Mientras la inteligencia artificial avanza, crece la sospecha de que no estamos preparando a la sociedad para el golpe que viene.

Durante siglos, el ser humano se contó su destino con lenguaje religioso, épico o filosófico. Hoy empieza a contárselo con un lenguaje casi de ciencia ficción: inteligencia artificial, colonias en Marte, edición genética, vigilancia total, conciencias digitales, máquinas que deciden, algoritmos que anticipan. No porque la ciencia ficción haya reemplazado a la realidad, sino porque la realidad empezó a parecerse a las preguntas que antes solo cabían en la ficción.

Lo curioso es que el fondo no cambió tanto.

La ciencia ficción, por definición, es un género narrativo especulativo que explora el impacto de la ciencia y la tecnología —reales o imaginarias— sobre la sociedad y los individuos. A diferencia de la fantasía, se apoya en cierta verosimilitud: imagina futuros posibles, universos paralelos o avances tecnológicos fundamentados en alguna lógica.

Y, sin embargo, seguimos hablando de lo mismo que en el pasado: poder, miedo, control, deseo de trascender, necesidad de sentido. Solo cambió la escenografía. Antes era el cielo; hoy es la nube. Antes eran dioses; ahora son sistemas. Antes se temía al castigo divino; hoy se teme quedar fuera del algoritmo, volverse irrelevante o innecesario.

En ese sentido, el destino de la humanidad sí parece un cuento de ciencia ficción, pero escrito por una especie emocionalmente antigua usando herramientas demasiado avanzadas. Tecnología avanzada, humanidad atrasada.

Y ahí está el nudo.

Porque no da miedo que el futuro parezca ciencia ficción. Produce desasosiego que sigamos entrando en él con impulsos tribales, vanidades antiguas y una conciencia moral que no ha crecido al ritmo de nuestras máquinas.

El destino humano ya no parece una tragedia griega ni una profecía bíblica. Se parece más a un cuento de ciencia ficción escrito por una especie que todavía no termina de entenderse a sí misma.

Con la aparición de la IA, los estudios sobre su impacto en casi todos los ámbitos de la vida humana —medicina, energía, empleo, guerra, religión— son innumerables. La mayoría se apoya en la data. Dicen que dato mata relato.

Pero la pregunta sigue ahí: ¿qué sentido tiene recopilar data sobre los empleos que se perderán?

Las cifras son espeluznantes, sí, pero vistas con frialdad tienen una utilidad seria: anticipar el golpe. Si sabes qué empleos están en riesgo, puedes preparar reconversión, educación, ayudas, cambios legales, seguros, subsidios, formación técnica. Sin datos, el problema te estalla encima y luego todos fingen sorpresa.

También sirven para medir dónde se concentrará el daño. No es lo mismo perder trabajos administrativos que empleos de transporte, atención al cliente o tareas rutinarias de oficina. La data permite ver qué sectores, edades, regiones y niveles educativos recibirán primero el impacto.

Pero hay otra lectura menos noble y más perturbadora.

A veces, recopilar esa data y exhibirla también sirve para normalizar la pérdida. Convierten una tragedia humana en una gráfica elegante. Dicen: “se perderán tres millones de empleos”, como si fueran piezas movidas en un tablero y no vidas, rutinas, angustias, familias y dignidad. Allí la data deja de ser prevención y se vuelve anestesia social.

El problema nunca fue medir. El problema es para qué se mide.

Si se mide para proteger, tiene sentido. Si se mide para adaptar el discurso corporativo y seguir adelante como si nada, entonces es puro maquillaje estadístico.

Recopilar data sobre los empleos que se perderán solo tiene sentido si después alguien piensa qué hará con la gente que vivía de ellos. De lo contrario, no es diagnóstico: es contabilidad de los descartados.

Alguien, algunos, o quizá miles, tienen buena parte de las respuestas a estas preguntas. Sin embargo, uno lee informes llenos de data y termina preguntándose: ¿por qué los que tienen respuesta no la dan?

Muchas veces no la dan porque hacerlo implicaría asumir el costo moral de decir la verdad completa. Y decirla completa sería admitir que sí, muchos empleos desaparecerán; que no todos serán reabsorbidos; que la reconversión no alcanzará para todos; y que buena parte del discurso optimista sirve más para amortiguar el miedo que para describir lo que viene.

Entonces aparecen los rodeos: “transformación del mercado laboral”, “nuevas oportunidades”, “adaptación del talento”, “reskilling”. Y sí, algo de eso es verdad. Pero no es toda la verdad.

La parte que casi nunca se dice con claridad es que toda revolución tecnológica produce ganadores y sacrificados, y que esta vez la velocidad del cambio puede dejar a mucha gente sin tiempo siquiera para entender qué fue lo que pasó.

Los que tienen respuesta no la dan porque la respuesta real incomoda a gobiernos, empresas, inversores y también a una sociedad que quiere progreso, pero sin mirar demasiado a quién aplasta en el camino.

Responder de verdad implicaría admitir que el progreso también sabe expulsar gente en silencio.

Y en ese escenario aparece otra amenaza que muchos informes prefieren no mencionar: una posible explosión social.

Porque cuando una sociedad acumula desplazamiento, incertidumbre, desigualdad, desprecio simbólico y gente sintiendo que sobra, la tensión no desaparece: se acumula. Y si, además, le sumas una tecnología que avanza más rápido que la capacidad de adaptación humana, tienes una mezcla peligrosa. No solo se pierde empleo. Se pierde lugar, función, identidad. Mucha gente no solo teme quedarse sin salario; teme quedarse sin sentido dentro del engranaje social.

Ahí es donde una explosión social deja de sonar como consigna alarmista y empieza a parecer posibilidad histórica.

Lo más inquietante es que estas explosiones no siempre llegan como una gran escena cinematográfica. A veces empiezan como irritación difusa, cinismo colectivo, rabia fragmentada, violencia dispersa, odio tribal, rechazo al sistema, búsqueda de culpables. Primero se pudre el clima. Después revienta algo.

Y luego viene lo usual: quebrar dignidades a base de dádivas.

Ese método ha funcionado durante mucho tiempo en momentos difíciles. Porque una dádiva puede aliviar una necesidad, pero también puede utilizarse para domesticar a alguien. No solo te dan algo: te recuerdan que dependes de ellos para recibirlo. Ya no es ayuda; es administración de la fragilidad.

Ahí es donde se quiebra la dignidad. No por recibir, sino por el modo en que se entrega. Cuando la ayuda no busca levantar a la persona sino mantenerla dócil, agradecida y silenciosa, entonces la dádiva deja de ser un gesto humano y se convierte en mecanismo de control.

Es una forma elegante de sometimiento: te quitan suelo, te ofrecen migajas y luego esperan obediencia. No siempre se somete quitándolo todo. A veces basta con dar lo justo para que nadie se levante.

En este punto hay que hablar de los organismos que ya intentan poner algún freno a un problema que podría terminar en una catástrofe de magnitud global.

Existen. Y ya hay varios frentes empujando sobre este tema. No todos operan del mismo modo: unos trabajan desde organismos internacionales y marcos públicos; otros desde investigación independiente, presión política, derechos digitales o evaluación de riesgos.

Hay organismos alertando y proponiendo medidas a tiempo. Lo que muchas veces falta no es diagnóstico, sino voluntad política, coordinación y velocidad de implementación. Organismos como UNESCO, la OECD y NIST, junto con otras entidades de vigilancia y gobernanza tecnológica, llevan tiempo advirtiendo sobre los riesgos de la IA y proponiendo marcos de prevención, control y responsabilidad.

El problema no es la ausencia de alertas. El problema es la lentitud con que la política y las instituciones reaccionan frente a una tecnología que avanza mucho más rápido que la capacidad de regularla.

La tecnología prometía liberarnos de la intemperie, y podría terminar devolviéndonos a ella, solo que con pantallas apagadas y servidores mudos.

Irónicamente, después de tanta inteligencia artificial, automatización y promesas de progreso, quizás terminemos regresando a lo esencial: sobrevivir. Como cazadores y recolectores, sí, pero esta vez entre los restos de una civilización que creyó haber domesticado el futuro.

Solo que esta vez no por ignorancia, sino por soberbia.

Respuesta

  1. Avatar de Faroautores

    Más que explosión social, lo que habrá será un progresivo desgaste social. La violencia cometida contra los descartados al ver ignoradas sus necesidades, generará resentimiento, y ese resentimiento surgido de la miseria y la precariedad, resultará en violencia a su vez. Hasta que esa violencia no llegue a quienes tienen poder para tomar decisiones en aras a garantizar un bienestar tolerable para la mayoría, no se hará nada. Sería deseable que las cosas fueran de otro modo, pero nuestro estado de evolución actual indica que el camino será ese. La violencia explosiva será momentánea y esporádica; la preocupante será aquella para la que sociedades del primer mundo, no han sido preparadas. Robos, asesinatos, atracos, secuestros…. inseguridad ciudadana fruto de la desigualdad. Cuando las familias de quienes pueden y tienen, se harten de sufrir la consecuencia de su desidia y codicia, entonces y solo entonces, moverán ficha en el tablero.

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