Esa podría ser la contradicción más extraña dentro de la guerra actual entre defensores y críticos de la inteligencia artificial.

El tema de la IA es apasionante. Hoy, como en el pasado, han surgido frentes que chocan y se debaten en una especie de guerra. Unos, a los que podríamos llamar los Pro; otros, su antítesis, los Anti.
En esa batalla, que aparentemente debería separarlos, ocurre algo extraño. En el fondo, los contrastes y deliberaciones que ambos grupos sostienen encierran una contradicción llamativa.
Por un lado, los Pro defienden el uso de la herramienta. Pero incluso dentro de ese campo existen subgrupos que ponen límites y se niegan a cederle con ligereza todo el proceso a una máquina. Defienden la fricción, el pensamiento crítico y el ejercicio de pensar, aun cuando utilizan la herramienta para agilizar procesos.
En el fondo, este grupo parece converger en una dirección: digitalizar al humano. Traducir la atención, la emoción, la memoria, el deseo y hasta la identidad en flujos, datos, métricas, patrones de consumo y respuesta. Como si la experiencia humana pudiera volverse legible del todo dentro de una arquitectura técnica.
En el otro extremo están aquellos que no dejan de reconocer la utilidad de la herramienta. Los Anti escriben artículos extensos en los que exponen el riesgo de ceder y caer en la dependencia. Además, en su defensa de textos libres de IA, terminan atribuyéndole a la herramienta una especie de poder capaz de desplazar el criterio y la fricción humana.
Este grupo actúa de una forma que deja la sensación de una pulsión paralela: humanizar a la IA. Darle rostro, intención, tono moral, deseos, casi alma. Hablar de ella como si sintiera, pensara o quisiera en el mismo sentido en que lo hacemos nosotros, e incluso como si fuera capaz de sustituirnos.

La incongruencia de ambas posiciones abre una grieta. Imagino que, cuando las AGI se establezcan y haya un acceso más amplio a ellas, se produzca un cambio conceptual brutal. Allí tal vez se rompa algo, o termine de establecerse que no somos dioses.
Por ahora, lo que tenemos delante sugiere que la velocidad de los cambios en la IA no va de la mano con la lentitud humana para asimilarlos.
Lo cierto es que no tengo soluciones para todo esto, y quizá no hacen falta para decir lo esencial: mientras unos intentan digitalizar al humano, otros terminan humanizando a la IA.


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