¿Quién está decidiendo la transición sin anunciarla?

Saber quiénes son no cambia nada si no hay capacidad de hacer algo al respecto.

Se puede nombrar a las corporaciones, a los fondos, a los Estados con capacidad de cómputo. Se puede señalar con el dedo. Pero mientras el sistema siga funcionando bajo las mismas reglas —propiedad privada de los medios de producción, acumulación como motor y trabajo como única vía de acceso a la subsistencia para la mayoría—, saber quiénes son los dueños es apenas un dato periodístico. No una palanca de cambio.

Aquí encaja afinar sin convertirlo en una lista de villanos. Yo lo diría por capas, no por nombres propios.

Los que están decidiendo la transición sin anunciarla son los que controlan cómputo, capital, energía, datos y regulación.

Ahí entran cinco perfiles: las grandes nubes tecnológicas, que no solo “usan” la IA, sino que están construyendo la carretera por donde todos tarde o temprano tendrán que pasar; los dueños del chip y del hardware, porque sin ellos la inteligencia no corre; los fondos de inversión y capital privado, que no solo financian IA, sino que están comprando tierra, energía y centros de datos; los Estados con músculo computacional, que llaman “IA soberana” a lo que en el fondo también es una carrera geopolítica por capacidad de cálculo; y el aparato militar y de seguridad, donde la transición no se anuncia: se clasifica.

La transición no la están decidiendo los escritores, los empleados, los docentes ni los usuarios fascinados con el juguete. La están decidiendo quienes poseen el cómputo, la energía, los datos, el capital y la fuerza normativa para imponer el nuevo terreno.

Y esa es la parte más incómoda: saber quién mueve las piezas no significa poder tocar el tablero.

El punto es la estructura. Y la estructura no se cambia solo sabiendo quién manda. Se cambia cuando suficiente gente entiende que las reglas del juego están diseñadas para producir exactamente este resultado: una minoría con poder absoluto sobre la infraestructura que define la vida de la mayoría.

Lo que podría cambiar algo no es saber “quiénes son”, sino entender cómo opera esa propiedad: qué pueden hacer con ella, qué límites no tienen, qué decisiones políticas permitieron llegar hasta aquí y qué alternativas podrían construirse desde ahora sobre la infraestructura crítica de IA.

Lo más probable es que al final eso no cambie.

No lo digo por derrotismo. Lo digo por realismo histórico. Hemos visto suficientes ciclos como para saber que las estructuras de poder no se desmontan porque alguien las señala con claridad. Se desmontan cuando se rompen. Y para romperse tienen que chocar contra un muro que no puedan comprar, cooptar o reprimir.

Pero ese muro, hoy, no existe.

Y los que invierten en esto no son tontos. Saben que el margen de cambio es mínimo. Por eso guardan su dinero. No en efectivo: en activos que sobrevivirán a cualquier transición. Energía, chips, tierras, algoritmos, patentes, contratos con gobiernos, capacidad de cómputo.

No están apostando a que el sistema cambie. Están apostando a que ellos serán los dueños del sistema pase lo que pase.

Eso no es solo codicia. Es previsión de élites.

Incluso si hubiera una rebelión masiva, incluso si se nacionalizaran los modelos, incluso si se repartiera la propiedad de la infraestructura, los que hoy mandan ya habrían blindado una parte. Ya tendrían un respaldo en otra jurisdicción. Ya habrían diversificado su poder en formas que una revolución no puede alcanzar todas a la vez.

No están esperando a ver qué pasa. Están cubriéndose por si acaso. Y al cubrirse, hacen más improbable cualquier cambio.

No tengo soluciones. Las soluciones no nacen de una sola persona ni de un solo texto. Las soluciones son colectivas, políticas, organizadas. No soy un comité central ni un gobierno. No tengo que tener todas las respuestas.

Pero sí puedo hacer una pregunta: ¿cómo regulas un fenómeno así, si los cambios que se conocen son tan veloces y los que no se conocen dan miedo?

La regulación, por naturaleza, es lenta, deliberada, consensuada. Nace de comités, audiencias públicas, consultas a expertos y trámites legislativos que duran años. Todo eso puede ser valioso, porque una mala regulación puede ser peor que ninguna. Pero también es incompatible con la velocidad de la tecnología.

Cuando la IA duplica capacidades en poco tiempo, cuando los modelos militares se prueban en silencio, cuando los sistemas de control social se despliegan como simples “actualizaciones de software”, para cuando la ley reacciona el fenómeno ya mutó tres veces.

Y lo que no se conoce es peor. Porque no puedes regular lo que no sabes que existe. No hay comité que se reúna para discutir un algoritmo de vigilancia predictiva que todavía se prueba en silencio. No hay periodista que investigue un contrato entre una empresa de IA y un ministerio de defensa si ambas partes lo protegen bajo secreto comercial o seguridad nacional.

Los cambios que dan miedo no se anuncian. No se debaten. Simplemente ocurren.

Y cuando ocurren, ya están integrados. Ya forman parte del paisaje. Ya la gente los asume como “la nueva normalidad”.

Esa es la trampa mortal: la velocidad y la opacidad trabajan juntas para que la regulación siempre llegue tarde. Y cuando llega, regula un problema que ya no es el problema.

Entonces, ¿qué hacer si no se puede regular a tiempo?

Tal vez no regular solo desde arriba, sino alfabetizar desde abajo.

Que la gente entienda cómo funciona la máquina, no solo para qué sirve. Que los jóvenes sepan que el algoritmo no es neutral, que el feed no es el mundo, que la atención es un bien escaso que les están robando. Que los ciudadanos exijan transparencia no porque un papel lo diga, sino porque aprendieron a sospechar.

Eso no es regulación. Es inmunidad cultural. Y es más difícil de matar que una ley, porque no necesita ser aprobada por nadie.

Pero esa inmunidad no nace sola. Necesita personas que siembren la duda, la pregunta, el deseo de mirar detrás de la cortina.

No estamos a tiempo de regular toda la IA. Pero quizá sí estamos a tiempo de evitar que demasiados se conviertan en idiotas útiles del sistema.

Y eso ya sería ganar una batalla que ni siquiera sabíamos que existía.

Yo soy pro IA. O, mejor dicho, pro tecnología. Vi nacer Windows desde DOS. No le tengo miedo a la herramienta. Lo que creo es que hay que poner límites pronto. Barreras que no deban traspasarse.

La integridad del humano debe ir primera, no sola en lo vital, sino también en lo mental y lo conceptual.

Quizá ahí haya una brecha.

Porque lo vital —no morir, no enfermar, no pasar hambre— al menos tiene algún grado de protección en leyes, ética médica y derechos humanos. Pero lo mental y lo conceptual casi no tienen defensa.

¿Qué ley protege a un adolescente de un algoritmo diseñado para enganchar su atención hasta volverlo ansioso o dependiente?

¿Qué barrera impide que una IA modele tus preferencias políticas mejor que tú mismo y luego te las devuelva como si fueran tus propias convicciones?

¿Qué límite existe para que un sistema decida, sin que lo sepas, que eres poco confiable para un crédito, un trabajo o un permiso?

No hay casi nada.

Porque lo mental y lo conceptual han sido tratados como terreno libre, como si cualquiera pudiera entrar allí a modificar, predecir o explotar. Y eso, en manos de máquinas que aprenden de nosotros para devolvernos una versión optimizada de nosotros mismos, es una bomba de tiempo.

Una respuesta posible (no la solución, sino una dirección)

No se puede regular la velocidad de la IA. Pero sí se puede regular la interfaz entre la IA y la mente humana. Ahí está la brecha que mencionamos.

Tres barreras concretas que sí podrían existir técnicamente:

1. Prohibición de la economía de la atención aplicada por IA generativa

Que ningún sistema pueda optimizar para tiempo de retenciónengagement o predicción conductual sin consentimiento explícito y revocable por sesión.

Esto es técnicamente verificable: se audita si el modelo ajusta sus outputs para maximizar tiempo de usuario.

2. Derecho a la no-modelización psicológica

Igual que hay derechos sobre datos biométricos (GDPR, CCPA), debería haberlos sobre perfiles psicológicos inferidos.

Si una IA predice tu inclinación política, ansiedad o tendencia al consumo, ese perfil es tuyo, no del propietario del modelo. Y no puede usarse sin autorización judicial expresa.

3. Limitación de capacidad de cómputo para manipulación masiva

Hoy no se regula cuánto cómputo puede destinarse a personalización conductual. Sí se podría: por ley, ningún centro de datos puede destinar más del X% de su capacidad a inferir o modular estados mentales de personas identificables.

¿Por qué esto no es ingenuo?

Porque no requiere regular el algoritmo, sino el resultado mensurable sobre seres humanos. Es como regular la velocidad en carreteras: no prohíbes el coche, prohíbes superar 120 km/h. Aquí no prohíbes la IA, prohíbes que modelice tu psicología sin control externo.

Quizá ahí esté la única brecha que realmente importa.

No vamos a detener esto… pero todavía podemos decidir qué parte de nosotros no se negocia.

No se trata de frenar la tecnología. Se trata de declarar ciertos territorios como inviolables. Como se hizo con la experimentación humana después de Núremberg. Como se hizo con ciertos químicos después de Bhopal. Como se ha intentado hacer con los datos genéticos.

Pero para eso hace falta algo que hoy no existe: un consenso global de que la mente humana —su atención, su juicio, su deseo autónomo— no es un recurso explotable.

Las grandes tecnológicas han construido su fortuna exactamente sobre lo contrario: tratar la mente como una mina.

La propuesta, si existe una, sería esta:

Regular no solo lo que la IA hace, sino lo que se le permite aprender, predecir y manipular sobre el ser humano.

Y hacerlo antes de que sea tarde para lo mental y lo conceptual.

Porque si esa pelea se pierde, todo lo demás —lo vital, lo económico, lo social— llegará tarde. Ya no habrá un “nosotros” con suficiente capacidad de decidir.

Deja un comentario

Descubre más desde Una Mirada Humana

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo