No todo lo que se automatiza era basura

Hoy, cuando veo todo eso en retrospectiva, me pregunto cómo pude salir vivo de aquel laberinto y todavía contarlo

Durante mis días como cronista deportivo (boxeo), comenzó mi encuentro con la edición de videos de forma brutal. En esa época aquello fue para mí como una especie de bautismo a sangre y fuego.

2008-2012: el aprendizaje salvaje.
2013: Iron Mike Productions como consecuencia de ese camino, no como inicio.

Ahí comenzó realmente mi ruta, entre 2008 y 2012. No en una oficina, ni en una escuela de comunicación, ni en un curso formal de producción audiovisual. Comenzó en foros de boxeo, conversando con otros fanáticos, opinando, escribiendo crónicas y tratando de explicar lo que veía.

Algunos foristas empezaron a animarme. Me decían que aquello podía publicarse, que no se quedara solo en comentarios perdidos dentro de un foro. Así que me acerqué a algunos websites de boxeo, donde comenzaron a publicar mis crónicas. Poco a poco dejé de ser solo un tipo escribiendo desde la distancia y empecé a moverme hacia donde ocurrían las cosas.

Primero fueron los gimnasios.

Llegaba, hablaba con la gente, escuchaba, preguntaba. Al principio todo era más sencillo: audio, notas, observación. Grababa alguna conversación, tomaba lo importante, regresaba a casa y lo convertía en texto. Era una extensión natural de lo que ya sabía hacer: mirar, escuchar y escribir.

Pero luego apareció el video.

Y ahí cambió todo.

No porque alguien me lo pidiera con un plan claro, ni porque tuviera detrás un equipo, una estructura o una guía. Me acerqué al video solo, casi por necesidad. Quería llevarle a la gente algo más cercano de lo que pasaba en esos gimnasios, en esos entrenamientos, en esas conversaciones antes de una pelea. Quería que no solo leyeran el ambiente, sino que lo vieran.

Entonces comenzaron los análisis de peleas del fin de semana, los pequeños segmentos, los intentos de armar un entorno más apropiado para grabar. Y allí llegó el calvario: luces, cámaras, edición, formatos, fondos, audio, programas pirateados, tutoriales a medias, renderizados eternos y errores que aparecían justo cuando uno creía que ya había terminado.

Ese fue mi verdadero bautismo técnico.

Para 2013, cuando llegó Iron Mike Productions, yo ya venía con cicatrices. No era un experto formado en academia, pero había pasado por el aprendizaje más brutal: el de tener que resolver solo, con hambre, curiosidad y terquedad.

Años después, Jorge Ebro, del Miami Herald, me lo dijo de una forma que todavía recuerdo: “Rey, ¿cómo es que logras hacer toda esta mierda tú solo?”

Y tenía razón en preguntarlo. Porque en aquellos días uno no era solo cronista. Era entrevistador, camarógrafo, fotógrafo, editor, técnico de audio, corrector de errores y, si algo fallaba, también el departamento de emergencias.

Hoy, cuando veo todo eso en retrospectiva, me pregunto cómo pude salir vivo de aquel laberinto y todavía contarlo.

Y por eso, cuando algunos me leen como pro-IA, no creo que estén del todo equivocados. En parte lo soy. Pero no por entusiasmo ciego, sino porque sé reconocer cuándo una herramienta cumple bien su función. Quitar un fondo de video, limpiar audio, cortar, subtitular, ordenar material disperso, ahorrar horas de castigo técnico… eso no es poca cosa.

Quienes pasamos por aquel calvario sabemos lo que significa.

Pero también hay algo incómodo allí.

Porque toda herramienta que nos libera de una carga también puede quitarnos una parte del aprendizaje. La fricción enseñaba. El error obligaba a mirar mejor. El render fallido, el audio sucio, el codec imposible, la luz mal puesta, el fondo verde arrugado… todo eso era fastidioso, sí, pero también nos formaba.

No todo lo que se automatiza era basura.

A veces, dentro del cansancio, había oficio.

Por eso mi mirada sobre la IA fluctúa. Celebro lo que nos ahorra. Celebro que hoy alguien pueda hacer en minutos lo que antes nos tomaba horas, dinero y dolores de cabeza. Pero tampoco quiero fingir que no se pierde nada en ese salto.

La herramienta nos quitó un peso real. Pero tal vez también nos quitó algunas cicatrices.

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