El escultor no talló la piedra

La diferencia entre generar contenido y decidir crearlo.

Según el cineasta Christopher Nolan, la inteligencia artificial no puede crear nada. Traigo este tema a colación porque no son pocos los textos que leo de personas que dicen estar hartas de encontrarse con artículos escritos por IA.

En ese punto tengo que discrepar.

Las IA como Claude o ChatGPT, que hoy son utilizadas por millones de personas para escribir, investigar, programar o diseñar, no son capaces de sentarse un día y decidir por sí mismas escribir un artículo sobre cualquier tema. No poseen la capacidad de tomar esa decisión sin la intervención expresa de una persona.

Y, sin embargo, muchas veces se culpa a la herramienta como si hubiese decidido no solo escribir el texto, sino incluso escoger Substack como la plataforma donde publicarlo.

Creo que aquí existe una confusión que conviene despejar.

Si alguien afirma:

“La IA no puede crear nada.”

Esa afirmación resulta difícil de sostener. Cada día vemos imágenes, música, textos, programas o diseños que antes no existían y que fueron generados mediante inteligencia artificial. En un sentido práctico, allí existe creación.

Ahora bien, si alguien afirma:

“La IA no crea por voluntad propia.”

Entonces estoy completamente de acuerdo.

Las IA no poseen deseos, intuiciones ni un impulso interno que las lleve a escribir una novela, desarrollar una teoría o iniciar un proyecto creativo. Necesitan un contexto, una instrucción o una conversación que ponga el proceso en marcha.

De hecho, mi propia forma de trabajar con la IA ilustra bastante bien esa diferencia.

Muchas veces llego con una intuición vaga, una pregunta o incluso una contradicción. Durante la conversación aparecen conexiones que ninguno de los dos tenía formuladas al principio. Yo aporto la experiencia, el criterio y soy quien decide qué merece conservarse. La IA aporta velocidad para explorar posibilidades, organizar ideas y descubrir relaciones que pueden resultar útiles.

Por eso creo que la discusión ya no debería ser si la IA crea o no crea, sino otra mucho más interesante:

¿Qué parte de la creación pertenece al modelo y cuál pertenece al ser humano que dirige, selecciona, corrige y da sentido al resultado?

Esa pregunta me parece mucho más profunda que una simple negación.

Si partimos de la base de que ninguna IA puede iniciar un proceso creativo por cuenta propia, entonces todo lo que genera tiene un desencadenante externo: una pregunta, una instrucción, un contexto o un objetivo definido por alguien.

En ese sentido, el origen del proceso está fuera de la IA.

Pero de ahí no se deduce que todo el contenido provenga del usuario.

Pensemos en un escultor que recibe un encargo: “Hazme una estatua de Apolo”. El origen del proyecto viene del cliente. Sin embargo, nadie diría que fue el cliente quien creó la escultura.

Con la IA ocurre algo parecido, aunque con una diferencia fundamental: el escultor posee intención propia; la IA no.

El usuario proporciona el impulso inicial y el criterio para aceptar o rechazar lo que aparece. El modelo, durante el proceso, genera combinaciones, relaciones y formulaciones que no estaban escritas literalmente en la petición inicial.

Por eso conviene distinguir dos aspectos diferentes.

El primero es el origen del acto creativo, que en la IA siempre proviene de un agente externo.

El segundo es la generación del contenido, que emerge durante la interacción entre el usuario y el modelo.

Esa distinción evita dos errores igualmente simplistas.

El primero consiste en afirmar que la IA crea completamente sola.

El segundo consiste en reducirla a una simple máquina que copia información.

Ninguna de las dos cosas describe con precisión lo que ocurre.

Mientras una IA no posea iniciativa propia, todo acto creativo en el que participe tendrá siempre un origen externo, aunque el contenido emerja durante la interacción.

Y ese matiz también cambia la forma en que entendemos la responsabilidad.

Si una persona publica un texto generado por IA sin leerlo, sin verificarlo o sin asumirlo como propio, la responsabilidad de esa publicación recae principalmente sobre quien decidió publicarla. La IA no tomó la decisión de difundir ese contenido ni puede responder por ella.

Eso no significa que los desarrolladores de estos modelos carezcan de responsabilidad. La tienen en aspectos como el diseño del sistema, las salvaguardas o la reducción de errores previsibles. Pero esa responsabilidad es distinta de la autoría y de la decisión editorial.

En otras palabras, la IA puede generar contenido, pero no decide convertirlo en una obra pública.

Ese último acto sigue siendo humano.

Durante siglos, quien firmaba un texto respondía por él. La aparición de la inteligencia artificial cambia profundamente la forma de producir un primer borrador, pero no elimina la responsabilidad de quien finalmente dice:

“Esto representa lo que quiero comunicar.”

Esa decisión, al menos por ahora, sigue siendo exclusivamente humana.

Pero ¿qué ocurre cuando observamos que, durante el entrenamiento, aparecen estructuras internas que nadie diseñó explícitamente? Daniel Arjona hablaba hace unos días del llamado ‘cuarto J’. ¿No contradice eso todo lo anterior?”

El hecho de que durante el entrenamiento emerjan estructuras funcionales que los ingenieros no programaron explícitamente no significa que el modelo haya decidido crearlas. Significa que el propio proceso de optimización descubrió una solución útil. Es un fenómeno emergente, no un acto de voluntad.

Porque permite decir algo muy importante:

  • Una cosa es cómo se construye internamente un modelo (donde pueden emerger patrones inesperados).

  • Otra muy distinta es quién inicia un acto creativo concreto.

El cuarto J pertenece al primer ámbito.

Es fascinante porque muestra que los modelos pueden desarrollar representaciones internas que nadie les escribió línea por línea. Pero eso no implica que un martes por la mañana el modelo decida:

“Hoy voy a escribir un ensayo sobre Cervantes y publicarlo en Substack.”

Quizá la verdadera sorpresa no sea que las IA generen contenidos, sino que durante su entrenamiento descubran estructuras internas que sus propios creadores no habían previsto. Eso abre preguntas científicas enormes sobre cómo emerge el razonamiento. Pero, al menos por ahora, no cambia un hecho fundamental: el acto de iniciar una creación sigue teniendo un origen externo al modelo.

Quizá el error haya sido intentar responder una pregunta filosófica con una respuesta binaria. La IA no crea como un ser humano, pero tampoco es una simple fotocopiadora de información. Genera novedades sin iniciativa propia. Y mientras esa iniciativa siga perteneciendo al ser humano, el origen último de cada acto creativo continuará estando fuera del modelo.

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