La inteligencia artificial ya está transformando las redacciones. ¿Por qué entonces buena parte del debate sigue centrándose únicamente en quién la utiliza?

El pasado miércoles 22 de julio-2026, OpenAI publicó un artículo mostrando cómo numerosas organizaciones periodísticas ya están incorporando inteligencia artificial en distintas etapas de su trabajo.
Este tipo de información cambia la visión sobre la incursión de la IA en el periodismo, porque ya no se trata únicamente de escribir.
Las aplicaciones descritas incluyen investigación documental, búsqueda dentro de enormes archivos históricos, transcripción de entrevistas, traducción, verificación de información, producción de audio, análisis de audiencias e incluso apoyo en áreas comerciales.
La idea central que despliegan a través de todo el artículo es sencilla y se organiza alrededor de tres grandes ejes:
- Ayudar a los periodistas a investigar y producir mejor.
- Mejorar la relación con los lectores.
- Fortalecer el negocio de los medios.
Utilizan la IA para reducir tareas repetitivas y permitir que periodistas y editores dediquen más tiempo al trabajo que realmente requiere criterio humano.
Más allá de que cada medio decida hasta dónde quiere llegar, el mensaje resulta difícil de ignorar. La IA en las redacciones de los medios digitales, ya no aparece solamente como una herramienta para generar texto. Ya ha empezado a convertirse en parte fundamental de la infraestructura cotidiana de muchas salas de prensa.
Y mientras leía ese artículo no pude evitar pensar en otra conversación que se desarrolla, casi al mismo tiempo, dentro de Substack.
Aquí, en nuestro propio microcosmos la discusión se ha volcado alrededor de Pangram, los detectores de IA, las etiquetas, los porcentajes y la necesidad de distinguir qué fue escrito por una persona y qué pudo haber recibido ayuda de una máquina.
No intento establecer que esa conversación carezca de importancia. La tiene y considero y entiendo que específicamente en un espacio como Substack, donde miles de autores y creadores de contenido habitan, resulte tan álgida y controversial.
La transparencia siempre será necesaria. Porque toca de forma determinante, la honestidad de cada escritor y su proceso.
Sin embargo, debo resaltar que me llama la atención el contraste que surge de todo esto..
Mientras una parte del periodismo y medios digitales de información intentan descubrir cómo integrar responsablemente estas herramientas para mejorar su trabajo, otra parte del debate aquí en Substack, parece concentrarse solamente en descubrir quién las utilizó. Y por momentos, se ha convertido casi en una cacería de brujas.
Lo cierto es que, aunque ambos sectores utilizan las letras y/o la escritura, son a la postre, conversaciones totalmente distintas.
El primer sector (medios y difusores), mira hacia los procesos y su integración para mejorar su rendimiento, mientras el otro (autores y escritores) ha desatado un debate intenso que se enfoca más en la identidad del autor.
Y probablemente ambos seguirán coexistiendo durante bastante tiempo. En mi caso, quizá por no considerarme de ningún sector, nunca he sentido que mi discusión principal sea la de demostrar si usé o no inteligencia artificial.
Mi interés siempre ha estado en otro lugar.
Con frecuencia digo que me siento más cómodo definiéndome como cronista que como escritor. Estuve muchos años escribiendo de esa forma, narraba y documentaba acontecimientos verificables y lo hacía en mi tono, con mi voz y a mi ritmo.
La única ficción que ha nacido de mi imaginación y que, podría ser considerada como proveniente de un escritor, es “La Taberna Digital” un espacio que me sirve mas como válvula de escape, que como base para crear una historia.
No porque escribir con esa diferencia me resulte menos importante. Se trata más de que mi impulso para sentarme frente al teclado, casi siempre nace de un hecho verificable.
Leo una noticia.
Encuentro un estudio.
Observo un cambio tecnológico.
Descubro una contradicción.
Y a partir de ahí empiezo a hacer lo único que realmente me interesa hacer. Conectar acontecimientos que, en apariencia, pertenecen a mundos distintos. Mi trabajo consiste menos en inventar historias, y más en seguir el hilo que une unas con otras.
Las preguntas suelen llegar antes que las respuestas. Y cuando aparecen nuevas preguntas, vuelvo a empezar, es una especie de bucle que incluso a veces, no me lleva al destino que vi desde un primer momento.
Por eso utilizo la inteligencia artificial. No para que sustituya el proceso de pensar y que además, lo haga por mí. Y tampoco obviamente para suplantar mi criterio.
La utilizo porque me ayuda a investigar, ordenar información, contrastar ideas, explorar conexiones que quizá habría tardado mucho más tiempo en descubrir y, finalmente, escribir con mayor claridad aquello que sigo considerando mi verdadera responsabilidad. El criterio con el que interpreto los hechos.
Tal vez por eso la discusión que hoy vive Substack no me incomoda, pero me interesa. Porque, más allá de Pangram o de cualquier detector, lo que deberíamos preguntar no es quién utilizó IA. La pregunta es, qué hizo cada autor con ella. Ahí empieza el criterio. Y ahí termina cualquier detector.
Al final, debo reconocer que la IA forma parte de mi proceso y eso me ha ayudado mucho. A veces, la he descrito como una biblioteca que conversa. Porque es eso lo que hago, muchas veces le pregunto de forma impulsiva de cosas que en apariencia, no tienen relación entre sí. Muchas veces me lo ha dicho, pero acabamos en la mayoría de las ocasiones, convergiendo y anudando todo aquello que en mi cabeza era un caos sin orden ni forma.
Pero el proceso sigue siendo mío.
Y mientras continúe buscando comprender antes que convencer, seguiré sintiéndome mucho más cerca del oficio de cronista, que del que pretende tener todas las respuestas.


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