La tecnología es la noticia. La gente es la historia

He intentado comprender la maquinaria sin olvidar a quienes tendrán que vivir bajo sus reglas.

Hoy, mientras manejaba de regreso a casa, desde Doral hasta Hollywood, recordé un texto que escribí hace algún tiempo: La contabilidad de los descartados.

No sé exactamente por qué regresó a mí en ese momento. Quizás porque a veces uno también se distancia de lo que escribe y, cuando vuelve a mirarlo o releerlo desde otro lugar, descubre cosas que posiblemente no había percibido mientras lo estaba construyendo.

En aquel texto hablaba de los empleos que la inteligencia artificial podría eliminar y de nuestra necesidad casi obsesiva de convertirlo todo en datos. Porcentajes de automatización, puestos sustituidos, tareas optimizadas, millones de horas ahorradas y gráficas capaces de mostrarnos, con líneas perfectamente trazadas, la magnitud de lo que está ocurriendo.

Pero mi preocupación no eran las gráficas. Aunque mi formación contable, en apariencia, diga que sí debía entenderlas, me interesaba más la contradicción de llevar a una gráfica un problema humano que debía conversarse y no contarse con números.

Eran las personas escondidas detrás de aquellas cifras las que en verdad me preocupaban.

Porque medir los empleos perdidos solo tiene algún sentido si después alguien se pregunta qué sucederá con la gente que vivía de ellos. De lo contrario, no estamos frente a un diagnóstico. Estamos levantando una contabilidad de los descartados.

Ese era el centro de aquel texto y lo sigue siendo.

Y, aunque durante los últimos meses mi escritura parece haberse desplazado hacia otros territorios, creo que ese centro nunca desapareció.

Los acontecimientos, poco a poco y sin yo proponérmelo, comenzaron a empujarme.

Quizás también esa desviación de todo lo que venía escribiendo tenga sus orígenes en mi formación como cronista. Durante años aprendí que una noticia no termina en el hecho que aparece escrito en el titular. Detrás de cada anuncio hay intereses, consecuencias, silencios que gritan y personas que todavía no saben que algo decidido muy lejos de ellas terminará entrando en sus vidas de formas que, incluso hoy, no alcanzamos a ver con claridad.

Quizás por esa razón, y de forma un poco involuntaria, comencé a seguir otros caminos.

Me interesó lo ocurrido en Substack con Pangram y la decisión de convertir un detector de inteligencia artificial en una especie de árbitro sobre la escritura, algo así como un VAR. Escribí sobre sus porcentajes, hice pruebas, recuperé textos antiguos del año 2012 y los testé, comparé resultados y mostré contradicciones que cualquiera podía observar y comprobar.

Parecía que estaba escribiendo sobre un detector.

¡Pero no!

En realidad, estaba escribiendo sobre las personas que podían ser acusadas, señaladas o invalidadas por el resultado probabilístico de una herramienta que nunca estuvo presente durante el proceso de creación de una obra o un texto.

Después apareció aquello que llamamos el Cuarto J: una estructura interna que emergió durante el entrenamiento de un modelo sin haber sido diseñada explícitamente por un ingeniero. Nadie escribió línea por línea su estructura. Simplemente emergió. Al principio, mientras leía la noticia, aquello me impactó. Luego comprendí que no era conciencia ni intención propia, sino un patrón surgido del entrenamiento y de una enorme capacidad de cómputo.

En ese punto, mi inquietud tampoco apuntaba únicamente hacia la estructura.

Estaba más en nuestra incapacidad como humanos para comprender por qué había aparecido y en la posibilidad de que, con más datos, más escala y mayor capacidad de procesamiento, pudieran surgir otros patrones que nadie hubiese anticipado.

Nunca estuve interesado en anunciar que una máquina había despertado ni en entrar en disputas sobre una supuesta conciencia artificial. Me preocupaba algo mucho más cercano al ser humano: que estábamos construyendo sistemas cuyos procesos internos no siempre podemos explicar, pero que ya comenzaban a colocarse en espacios donde toman decisiones que afectan a los seres humanos.

Más tarde llegaron las noticias sobre los medios de comunicación que están incorporando la inteligencia artificial en sus mesas de trabajo.

Redacciones que la utilizan no solo para analizar documentos, sino también para organizar información, revisar archivos extensos, traducir contenidos, encontrar patrones y abreviar procesos que antes consumían horas o días.

Era una noticia importante. De eso no tengo dudas.

Pero mi interés nunca estuvo solamente en saber qué herramienta utiliza cada medio o por qué. Lo que me importaba era intentar comprender qué ocurrirá con el periodista, con su criterio, con su responsabilidad y con esa obligación inalienable que tiene de mirar más allá de lo que una herramienta puede resumir.

Porque una IA puede encontrar la frase perfecta dentro de diez mil documentos.

Lo que todavía corresponde al periodista, como humano, es comprender por qué esa frase importa.

Hace apenas unas horas escribí sobre la decisión de la Unión Europea de poner en marcha, a partir del 2 de agosto de 2026, el etiquetado obligatorio de determinados contenidos creados o manipulados con inteligencia artificial.

Esta noticia volvió a empujarme hacia un terreno aparentemente más técnico y geopolítico.

Europa posee uno de los mercados más grandes e influyentes del mundo y puede obligar a las empresas que deseen operar dentro de sus fronteras a cumplir sus reglas. Pero hay algo que es una realidad y que no podemos obviar: Europa no lidera, ni de cerca, la producción de inteligencia artificial. Estados Unidos concentra buena parte de los modelos comerciales, la inversión privada y las grandes plataformas. China, por otro lado, avanza mediante la investigación, las patentes, la capacidad industrial y una estrategia nacional sostenida por el Estado.

Parecía entonces que estaba escribiendo sobre regulaciones, mercados y bloques de poder.

Pero detrás de todo aquello continúa apareciendo la misma pregunta:

¿Quién vivirá bajo esas reglas?

Somos nosotros. Ustedes allá, en Europa, y nosotros aquí, de este lado del mundo llamado América.

Europa puede exigir una etiqueta. Estados Unidos puede proteger los intereses de sus compañías. China puede imponer sus propias definiciones sobre seguridad, información y control. Sin embargo, al final de toda esa disputa habrá personas intentando comprender si lo que ven es verdadero, si pueden confiar en lo que leen y quién coño responderá cuando un contenido falso destruya una reputación, altere una elección o convierta una mentira en algo imposible de detener.

Quizás por eso hoy recordé La contabilidad de los descartados.

Durante un tiempo pensé que ya había escrito todo lo que podía escribir desde aquel lugar. Sentía que seguía excavando en una fosa de la que ya no podía sacar más material y que, desde esa posición, podía terminar repitiendo las mismas ideas con palabras diferentes.

Ahora no estoy tan seguro.

Tal vez no agoté aquella mirada ni mi preocupación inicial. Tal vez simplemente levanté la cámara.

Comencé observando a las personas y después sentí la necesidad de comprender la maquinaria. Lo hice convencido de que, como en el pasado, debía entender la tecnología que llegaba y tratar de comprender su impacto en todos nosotros. Investigué sobre los modelos, las empresas, los detectores, las redacciones, las leyes y la disputa entre las grandes potencias, con la indisoluble intención de descubrir cuál podía ser su mayor impacto sobre los descartados.

Necesitaba, de forma imperiosa, entender el mapa.

Pero los mapas no sienten.

No pierden el trabajo. Tampoco reciben una acusación. No ven cómo desaparece una profesión ni el impacto que eso genera en una familia o en la sociedad. No tienen que explicarles a sus hijos por qué aquello que aprendieron durante veinte años dejó de ser útil y de representar su fuente de ingresos. No envejecen en medio de una transformación que avanza más rápido que su capacidad para adaptarse.

Las personas sí.

Y eso no va a cambiar.

Allí siguen estando mis verdaderas inquietudes.

Pienso en mis nietos. En el mundo que recibirán y en las decisiones que otros están tomando ahora en su nombre e incluso en el mío. Ellos vivirán dentro de sistemas que probablemente conocerán mejor que nosotros, pero también tendrán que soportar consecuencias que hoy nadie puede anticipar.

Nadie sabe con certeza hasta dónde llegará la inteligencia artificial.

Y menos aún conocemos hoy sus límites.

No sabemos cuáles serán las profesiones que desaparecerán, cuáles se transformarán ni cuántas nuevas van a surgir. No sabemos cuánto poder estaremos dispuestos a delegar, qué decisiones conservaremos ni en qué momento una comodidad tecnológica comenzará a cobrarnos algo que no sabíamos que estábamos entregando.

Nadie tiene certezas.

¡Mucho menos yo!

Ni siquiera las empresas que desarrollan los modelos, ni los gobiernos que intentan regularlos, ni quienes anuncian futuros maravillosos, ni quienes aseguran que todo terminará en una catástrofe.

Nosotros tampoco. Pero, si hay algo que sabemos, es que somos humanos. Y eso hoy, como siempre lo fue, tiene más valor que tener una IA que nos diga cómo escribir o qué pensar.

Por eso continúo siguiendo las noticias. No para convertirme en un narrador de novedades tecnológicas ni mucho menos para competir con quienes conocen más que yo sobre modelos, chips o infraestructura.

Las sigo porque cada una contiene una pieza del mundo que se está construyendo.

Pangram no es solamente un detector.

El Cuarto J no es solamente una estructura emergente.

La incorporación de la IA en las redacciones no es solamente una mejora en los procesos de trabajo.

La regulación europea no es solamente una ley.

Todo forma parte de algo mucho más grande, algo que todavía no alcanzamos a comprender por completo. Y, en medio de ese proceso, hay personas que trabajan, escriben, aprenden, envejecen, crían hijos y tratan de encontrar un lugar dentro de una transformación que no les pidió permiso para comenzar.

Quizás mi escritura sí ha cambiado.

Sería absurdo negarlo.

Ahora investigo más, intento comprender procesos técnicos y observo disputas que antes parecían demasiado lejanas. Pero no creo que haya abandonado el lugar desde el que comencé.

Sigo escribiendo desde La contabilidad de los descartados.

Solo que ahora hago un esfuerzo muy grande para comprender quién construye la maquinaria, quién establece sus reglas y hacia dónde pretende llevarla.

Porque la inteligencia artificial puede ser la noticia más importante de nuestro tiempo.

Pero para mí, la gente continúa siendo la historia…

porque ese viejo libro ya no contabiliza descartados.

Ahora los sostiene mientras caminan.

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