Los nuevos puestos pueden compensar los que desaparecen en las estadísticas, pero eso no significa que quienes pierden su trabajo puedan ocuparlos.

Un artículo reciente de la BBC muestra lo que el autor denomina una paradoja emergente de la inteligencia artificial en Irlanda del Norte.
Por un lado, las empresas vinculadas a la infraestructura física que necesita la IA están creciendo.
TES, que opera actualmente en un viejo hangar transformado a orillas del lago Foyle, es una empresa dedicada al diseño y producción de sistemas eléctricos para centros de datos. Pasó de tener apenas dos trabajadores hace cuatro años a contar con unos 175 empleados.
Vertiv, a su vez, anunció la creación de 300 puestos de trabajo en sus instalaciones de Letterkenny. Seagate, que fabrica los discos duros necesarios para almacenar enormes cantidades de datos, mantiene unos 1.500 empleados en Derry y tiene su producción prácticamente agotada hasta 2028.
Son cifras que, vistas desde la creación de empleo, resultan no solo alentadoras, son extraordinarias.
Pero el mismo artículo nos muestra lo que está ocurriendo al otro lado.
Baker McKenzie anunció una revisión de sus operaciones globales, centrada entre otras cosas en el uso de inteligencia artificial, que podría afectar hasta 1.000 puestos de trabajo de soporte. En Belfast, unos 50 empleos podrían estar en peligro.
Rapid7, que cuenta con más de 500 empleados en Belfast, anunció también un recorte de aproximadamente el 12 % de su plantilla global mientras redirige recursos hacia una plataforma de ciberseguridad basada en IA.
Una investigación anterior de la economista Lisa Wilson estimaba que alrededor del 7 % de los empleos de Irlanda del Norte, unos 60.000 puestos de trabajo, estaban en alto riesgo de desaparecer debido a distintas tecnologías de automatización. Otro 58 % podía experimentar cambios sustanciales en las tareas realizadas.
Hasta allí tenemos números solamente.
Empleos que aparecen. Empleos que desaparecen. Actividades que crecen y otras que comienzan a reducir sus necesidades de trabajadores.
Es allí donde el problema comienza, cuando tratamos esas cifras como si estuviéramos hablando de las mismas personas.
Crear un nuevo empleo no significa necesariamente reconvertir al trabajador cuyo puesto anterior desapareció.
Si una empresa elimina cincuenta puestos administrativos y, simultáneamente, otra empresa necesita cincuenta técnicos especializados para trabajar en otras áreas dentro de la infraestructura de un centro de datos, las estadísticas pueden mostrarnos un resultado tranquilizador.
Cincuenta empleos desaparecieron y cincuenta fueron creados.
El balance es cero.
Pero las personas no son intercambiables dentro de una estadística. Eso es literalmente imposible y los economistas lo saben.
El trabajador que perdió su empleo puede no tener la formación necesaria para ocupar el nuevo. Puede necesitar meses o años de capacitación. Puede encontrarse en una edad en la que comenzar nuevamente le resulte mucho más difícil. El nuevo puesto, además, puede incluso estar en otra ciudad o requerir conocimientos completamente diferentes de aquellos que esa persona acumuló durante veinte o treinta años de vida laboral.
Mientras tanto, alguien que sí recibió el adiestramiento adecuado ocupará la nueva posición.
Hubo creación de empleo. Eso no lo podemos objetar, porque las cifras avalan tal afirmación.
Lo que no necesariamente hubo fue reconversión.
Y esa diferencia cambia considerablemente la forma global de observar la transformación laboral, provocada por la inteligencia artificial en ambos sentidos.
La pregunta ya no debería limitarse a conocer cuántos puestos de trabajo desaparecerán y cuántos serán creados.
También deberíamos preguntarnos cuántas de las personas desplazadas podrán realmente ocupar los nuevos puestos.
Porque una economía puede crear nuevos empleos, pero de la misma forma, puede también crear las condiciones para que se descarten trabajadores que ya no consiguen reinsertarse en el mercado laboral emergente.
Y esa obviamente es otra historia.
Detrás de un puesto que desaparece no existe solamente una unidad que podemos restar de una estadística. Hay una persona que depende de ese ingreso. Muchas veces hay una familia. Hay obligaciones, años de experiencia acumulada y una vida organizada alrededor de una actividad que, hasta ese fatídico momento, permitía sostenerla.
Por eso las cifras de creación de empleo pueden ser ciertas y, al mismo tiempo, contar solamente una parte de la historia.
Especialmente cuando se presentan con la intención de transmitir una impresión favorable sobre una transición tecnológica.
Podemos sumar los nuevos empleos, restar los que desaparecen y obtener incluso un resultado positivo.
Pero ninguna operación matemática garantiza que quienes aparecen en ambos lados de esa cuenta sean las mismas personas.
Y detrás de las cifras que muestran una transición exitosa puede haber poblaciones, familias enteras y personas para quienes esa transición nunca ocurrió de la manera que la cuentan las estadísticas.


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