Porque un algoritmo se convirtió en la causa de separación de un matrimonio milenario y hoy… nos parece normal.

Durante siglos, escribir fue un acto físico precedido por un acto mental. Esa dualidad fue durante largo tiempo casi como el matrimonio perfecto.
Antes de que la mano tomara la pluma, antes de que los dedos golpearan las teclas de una máquina de escribir y mucho antes de que apareciera un cursor parpadeando sobre una pantalla, algo había ocurrido previamente en la mente.
Una idea.
Una inquietud.
Una pregunta.
Una experiencia que contar.
Algo que necesitaba ser pensado, ordenado o expresado mediante letras. Después podía venir la reflexión. La investigación. La búsqueda de información. Las dudas. Incluso el abandono de aquella primera idea para terminar escribiendo sobre otra cosa.
Pero había algo antes del acto físico de escribir.
Por eso todavía me cuesta comprender algo que veo con cierta frecuencia: personas que llegan ante una inteligencia artificial y preguntan: ¿Sobre qué puedo escribir?
Debo reconocer que la primera vez que intenté comprender esa lógica, comenzaron a manifestarse algunos antepasados que aparentemente todavía habitan en algún lugar de mi estructura evolutiva.
Primero apareció el Neandertal y mas tarde, llegó Cromañón.
Cuando alguien intentó explicarme que una persona podía comenzar simplemente por pensar «quiero escribir» y después buscar sobre qué hacerlo, ambos comenzaron a tirar de los botones de mi pobre camisa en un intento por salir y hacer daño.
Pero cuando la explicación continuó intentando convencerme de que alguien puede levantarse una mañana, decidir luego que quiere escribir y solamente después preguntarse qué tiene para decir, apareció una criatura todavía más primitiva:
Tasmanius Demonis.
Ese amigo ya quería entrar por la pantalla y resolver la discusión mediante procedimientos poco intelectuales, y considerablemente anteriores a la invención de la escritura.
Porque había una pregunta que ninguno de mis antepasados conseguía resolver:
Si todavía alguien no sabe qué quiere decir, ¿Qué fue exactamente lo que produjo primero la necesidad de escribir?
Dejando momentáneamente a Neandertal, Cromañón y Tasmanius Demonis encerrados en alguna cueva, la pregunta merece ser tomada en serio.
Escribir es un acto físico y mental.
Los dedos ejecutan, pero antes de que exista esa ejecución tiene que haber alguna motivación mental. Eso no significa necesariamente tener una tesis completamente construida.
Alguien puede escribir porque necesita explorar una emoción que todavía no comprende. Puede comenzar con una pregunta cuya respuesta desconoce. Puede tener solamente una intuición, una molestia, una contradicción o algo que observó y todavía no sabe explicar.
La escritura puede incluso convertirse en el instrumento mediante el cual descubrimos qué estábamos intentando pensar.
Pero hubo algo que había comenzado antes, eso que impulsó la mano por orden de la mente.
Durante siglos también existió, por supuesto, la escritura por obligación.
El periodista tenía un cierre. El columnista debía entregar su columna. El escritor podía recibir un encargo. El estudiante tenía una composición para el lunes. No siempre escribimos porque una musa apareció repentinamente para susurrarnos una idea.
Pero incluso cuando existía primero la obligación de escribir, todavía quedaba un trabajo mental que realizar.
Había que encontrar la historia y trasmitirla.
Buscar.
Observar.
Investigar.
Preguntar.
Pensar.
El problema quizá sea que en algún momento comenzamos a alterar ese orden. La aparición de las plataformas digitales introdujo una necesidad diferente.
Ya no se trataba solamente de escribir cuando teníamos algo que comunicar.
Había que permanecer.
Publicar.
Aparecer.
Mantener presencia en el feed. Porque desaparecer durante demasiado tiempo podía significar perder visibilidad, interacción o relevancia.
Entonces la secuencia comenzó a cambiar.
Antes podía ser:
Tengo algo que decir → pienso sobre ello → escribo → publico.
Después apareció otra posibilidad:
Necesito publicar → necesito encontrar algo que decir → pienso → escribo.
Todavía había en esa estructura un ejercicio mental.
La necesidad podía haber sido creada por el medio, pero correspondía a la persona buscar aquello que finalmente quería comunicar. Pero súbitamente ese proceso se alteró.
Ahora tenemos una herramienta extraordinaria que introduce una posibilidad adicional.
Necesito publicar → no sé sobre qué → le pregunto a una inteligencia artificial qué puedo escribir.
Y aquí es donde el asunto deja de resultarme solamente curioso. Porque durante mucho tiempo hemos discutido si utilizar inteligencia artificial para redactar significa delegar una parte del acto de escribir.
Pero quizá estamos comenzando a delegar algo anterior.
La razón para escribir.
Una IA puede proponernos el tema.
Puede generar las preguntas.
Puede sugerir el enfoque.
Puede construir los argumentos.
Puede proponer las conclusiones.
Y finalmente puede redactar el texto.
La cuestión entonces ya no sería solamente cuánto del acto físico de escribir hemos delegado. Durante el recorrido de esa estructura que ahora se ha implantado, podríamos estar delegando ambas cosas: aquello que ocurría en la mente antes de escribir y la ejecución que posteriormente convertía ese pensamiento en palabras.
No creo que la inteligencia artificial haya creado por sí sola esta situación. Quizá surgió al final de un proceso que ya estaba ocurriendo y que no veíamos.
El feed había creado previamente la necesidad de permanecer visible.
Publica.
Aparece.
No desaparezcas.
Y cuando la necesidad de publicar existe antes de que tengamos algo que comunicar, allí aparece la inteligencia artificial para ofrecer una solución extraordinariamente conveniente:
Yo puedo decirte sobre qué.
Lo que trato de entender es hasta qué punto las necesidades que implantaron en nosotros las redes sociales y sus feeds terminaron alterando nuestro comportamiento. Quizá lo hicieron hasta el punto de que una pregunta que antes me habría parecido completamente irracional —«¿sobre qué puedo escribir?»— hoy tenga una lógica. Si primero aparece la necesidad de permanecer visible y publicar constantemente, entonces necesitar algo que publicar se convierte en una consecuencia. Y ahora existe una máquina capaz de proporcionarlo.
Una respuesta puede contradecirnos y obligarnos a pensar. Una búsqueda puede abrir un camino inesperado. El problema no está necesariamente en preguntar.
Está en qué estamos delegando cuando preguntamos qué publicar a una IA.
Porque existe una diferencia entre llegar ante ChatGPT o Claude con una inquietud y utilizar una herramienta para explorarla, y llegar solamente con la necesidad de producir algo y pedirle a la herramienta que proporcione también la inquietud.
En el primer caso, la máquina participa en un proceso que ya había comenzado. En el segundo, quizá le estamos pidiendo que lo comience por nosotros.
Y entonces entiendo un poco mejor por qué aquella sencilla frase:
«Quiero escribir, pero no sé sobre qué.»
estuvo a punto de costarme todos los botones de la camisa, cuando todos mis ancestros intentaron explotar al unísono.
No eran solamente el Neandertal o el Cromañón. incluso ni siquiera el pobre Tasmanius Demonis, a quien probablemente estoy culpando injustamente esta noche.
Era una resistencia mucho más sencilla. Durante siglos, de una manera u otra, algo ocurría primero dentro de nosotros y después buscábamos las palabras para expresarlo.
Ahora tenemos por primera vez una herramienta capaz de ofrecernos las dos cosas.
Puede ayudarnos a encontrar qué decir. Y también puede decirlo por nosotros.
Quizá la pregunta no sea si debemos utilizarla para hacerlo.
La pregunta es: ¿cuánto del ejercicio mental que alguna vez precedió a la escritura estamos dispuestos a conservar como un acto eminentemente humano?


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