Durante décadas delegamos fuerza, observación y respuestas a las máquinas. AIoT nos muestra hasta dónde puede llegar ahora esa delegación.

La inteligencia artificial ha comenzado a encontrarse con un mundo que ya estaba lleno de máquinas conectadas. Y esa reunión entre artefactos ha surgido casi de forma secuencial.
Una de las expresiones de ese encuentro recibe el nombre de Artificial Intelligence of Things (AIoT), o inteligencia artificial de las cosas. El concepto surge de la integración de dos tecnologías que durante mucho tiempo solíamos observar por separado: la inteligencia artificial y el Internet de las cosas (IoT).
Durante muchos años, millones de dispositivos han utilizado sensores para recoger información y transmitirla a través de redes. Temperatura, humedad, movimiento, presión, ubicación, velocidad o consumo energético pueden ser medidos constantemente por máquinas que forman parte de complejos industriales, edificios, automóviles, sistemas de transporte y también de nuestros hogares.
La incorporación de inteligencia artificial amplía lo que puede hacerse con toda esa información. Ya no se trata simplemente de recoger un dato, transmitirlo o responder ante una condición previamente establecida. Los sistemas ahora consiguen analizar múltiples variables, reconocer patrones y, dependiendo de su diseño y del grado de autonomía que se les haya otorgado, determinar una respuesta que ulteriormente puede ser ejecutada por una máquina.
Las posibilidades son enormes.
Una línea de producción puede anticipar el fallo de una pieza antes de que una máquina se detenga. Un edificio puede modificar automáticamente determinadas condiciones para reducir el consumo de energía. Sistemas de transporte pueden utilizar información procedente de múltiples sensores para responder a las condiciones que encuentran. Máquinas y robots pueden modificar algunas de sus acciones a partir de los datos que reciben de su entorno.
La combinación que mencionamos nos parece novedosa. Y ciertamente lo es en muchos de sus alcances. Pero llegar hasta este punto no ocurrió de un día para otro.
Mucho antes de que habláramos de inteligencia artificial, ya habíamos comenzado a delegar pequeñas tareas a las máquinas.
Primero delegamos fuerza: haz esto por mí.
Después delegamos repetición: hazlo siempre que ocurra esto.
Después observación: mide esto constantemente por mí.
Después comunicación: avísale a otro sistema cuando ocurra esto.
Y progresivamente fuimos permitiendo que diferentes partes de esos procesos ocurrieran sin intervención humana directa.
Nada de aquello parecía particularmente extraordinario.
Un ascensor recibe solicitudes y determina dónde debe detenerse. Un termostato mide la temperatura y enciende o apaga un sistema. Una puerta detecta nuestra presencia y se abre. Un automóvil activa determinados mecanismos cuando sus sensores detectan ciertas condiciones. Una línea industrial puede detenerse automáticamente cuando alguna variable sale de los parámetros establecidos.
Lo que pasó durante ese proceso es que nos acostumbramos.
Quizás ese sea uno de los elementos menos visibles de esta historia. No solamente fuimos delegando funciones a las máquinas. También dejamos de percibir que las habíamos delegado.
Pensemos en algo tan cotidiano como asistir a un juego de béisbol en un estadio con techo retráctil.
Durante el partido comienzan a acercarse condiciones meteorológicas adversas y se toma la decisión de cerrar el techo. Un operador activa el sistema y una enorme estructura comienza a desplazarse hasta cubrir el terreno.
Para nosotros es simplemente un techo que se cierra.
Pero detrás de esa acción existe una sucesión de delegaciones que fueron incorporándose durante años a nuestra relación con las máquinas. Construimos el mecanismo para no tener que mover físicamente aquella enorme estructura. Incorporamos motores para ejecutar el movimiento. Desarrollamos sistemas de control capaces de gobernar toda la operación y conseguimos que una orden humana pudiera desencadenar el movimiento de una estructura que ninguna persona podría ejecutar por sí misma.
No construimos todo aquello pensando en la inteligencia artificial.
Tampoco un termostato, un ascensor, una puerta automática o un sensor industrial eran formas primitivas de AIoT. Cada una de esas tecnologías apareció para resolver problemas concretos y en momentos diferentes.
Pero, mientras resolvíamos esos problemas, fuimos construyendo algo más casi sin darnos cuenta.
Creamos máquinas capaces de actuar sobre el mundo físico. Después les proporcionamos sensores capaces de recoger información de ese mundo.
Las conectamos.
Automatizamos respuestas.
Y terminamos rodeados de sistemas que podían observar determinadas variables y ejecutar acciones sin que una persona tuviera que intervenir constantemente entre una cosa y la otra.
La mente humana normalizó esas pequeñas delegaciones hasta convertirlas en parte del paisaje. Dejamos de sorprendernos cuando una puerta se abrió sola, cuando un automóvil reaccionó antes que nosotros o cuando una enorme estructura comenzó a moverse después de recibir una orden.
Aquellas tecnologías no eran AIoT.
Pero fueron creando algunas de las condiciones tecnológicas sobre las que algo como AIoT podía aparecer.
Y quizás exista otra forma de observar cuánto ha cambiado nuestra relación con las máquinas.
Hace algunos años veíamos en una pantalla máquinas capaces de examinar su propio funcionamiento, detectar una falla y actuar para corregirla. Seguimos estando lejos de muchas de aquellas representaciones. Pero vale la pena mirar hacia atrás y preguntarnos algo más sencillo: ¿cuántas de las capacidades que alguna vez aceptamos solamente dentro de una película dejaron, una por una, de parecernos extraordinarias?
Preguntarle a una máquina y recibir una respuesta. Un automóvil capaz de detectar determinadas condiciones de su entorno y reaccionar ante ellas. Sistemas que vigilan permanentemente el funcionamiento de una máquina y pueden advertir que algo comienza a fallar.
Todas esas cosas no aparecieron de una sola vez. Tampoco llegaron de la misma manera ni pertenecen necesariamente a una misma tecnología. Pero cada una fue reduciendo un poco la distancia entre aquello que alguna vez observábamos como una posibilidad lejana y aquello que terminamos incorporando a nuestra vida cotidiana.
La inteligencia artificial llega ahora a un mundo en el que buena parte de la infraestructura necesaria para percibir y actuar ya estaba construida. Hay sensores, cámaras, motores, redes, dispositivos conectados, sistemas de control, robots y máquinas capaces de modificar físicamente su entorno.
Lo que comenzamos a colocar entre la percepción y la acción es algo diferente. Ya no necesariamente una regla sencilla del tipo: si ocurre X, ejecuta Y.
Ahora un sistema puede recibir información procedente de múltiples fuentes, analizarla, encontrar patrones, interpretar determinadas condiciones y seleccionar una respuesta que después será ejecutada por otra máquina.
Y entonces nos dicen que una máquina puede percibir su entorno, interpretar lo que ocurre y tomar decisiones a partir de esa información.
Y nos sorprendemos. Quizás porque estamos mirando solamente el último tramo del camino.
Durante mucho tiempo fuimos entregando pequeñas funciones a las máquinas porque hacerlo resultaba útil, eficiente o simplemente cómodo. Cada delegación parecía independiente de la anterior y respondía a una necesidad concreta. Con el tiempo dejaron incluso de llamarnos la atención.
No sabíamos necesariamente hacia dónde conducía aquella acumulación. No existía un plan destinado a preparar el mundo para AIoT. Pero cuando hoy observamos el recorrido completo resulta difícil ignorar el puente.
Primero construimos máquinas capaces de hacer cosas por nosotros. Después les permitimos observar determinadas partes del entorno. Luego las conectamos entre sí y automatizamos algunas de sus respuestas.
Ahora estamos incorporando sistemas capaces de interpretar una cantidad y variedad de información que aquellas automatizaciones anteriores no podían manejar.
Por eso quizá lo que hoy conocemos como AIoT no deba observarse solamente como una tecnología surgida de la integración de la inteligencia artificial y el Internet de las cosas. También puede observarse como otro paso dentro de una historia mucho más larga de delegación.
Y quizá lo sorprendente no sea solamente que hoy una máquina pueda recibir información de su entorno, interpretarla y actuar.
Quizá también debería sorprendernos descubrir cuánto tiempo llevábamos preparándole el camino.

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