América Latina ya participa en el debate sobre IA. ¿Cuánto influye en las decisiones?
IA en nuestra América — Episodio 1
A finales de junio de 2026, representantes de América Latina y el Caribe participaron en Santo Domingo, República Dominicana, en la Tercera Cumbre Ministerial sobre la Ética de la Inteligencia Artificial. De aquel encuentro salieron una declaración ministerial y una hoja de ruta regional para los años 2026 y 2027.
La silla que durante tanto tiempo pudo representar nuestra ausencia en las grandes conversaciones tecnológicas ya no está vacía. América Latina está presente. Quizá todavía estemos acomodándonos en ella, buscando nuestro lugar en una conversación donde las decisiones más importantes siguen concentradas en otras manos.
Nuestra presencia aún no es determinante, pero tampoco puede ignorarse.
Y, sin embargo, hay una pregunta que merece hacerse: ¿qué capacidad tenemos realmente para influir en las decisiones que están transformando nuestras sociedades?
Porque una cosa es ocupar una silla en la conversación y otra muy distinta es tener voz y voto en las decisiones que allí se toman.
La inteligencia artificial avanza mediante decisiones que se toman en laboratorios, empresas, gobiernos y organismos internacionales. Se decide cuánto invertir, qué desarrollar, qué riesgos aceptar y qué problemas resolver primero.
América Latina forma parte de ese proceso. Pero no necesariamente en las mismas condiciones que quienes concentran el capital, la infraestructura y el desarrollo de los modelos más avanzados.
Ahí comienza esta serie.
Participar no significa decidir
En 2025, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe y el Centro Nacional de Inteligencia Artificial de Chile presentaron la tercera edición del Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial.
El informe examinó 19 países. Chile, Brasil y Uruguay aparecieron entre los más avanzados de la región. Otros mostraron progresos en conectividad, formación y adopción tecnológica.
Hay investigación, hay instituciones y hay iniciativas propias. Negarlo sería desconocer una parte de nuestra realidad.
Pero el mismo informe dejó una cifra que merece atención.
América Latina y el Caribe representan alrededor del 6,6 % del producto interno bruto mundial y reciben apenas el 1,12 % de la inversión global en inteligencia artificial.
La diferencia importa.
Porque la investigación necesita financiamiento. La infraestructura necesita inversión. Y las decisiones sobre qué tecnologías desarrollar están estrechamente relacionadas con quién dispone de los recursos para hacerlo.
No basta con tener investigadores capaces si las condiciones para desarrollar sus proyectos son limitadas.
Tampoco basta con adoptar una tecnología para participar en las decisiones que determinarán su evolución.
La pregunta no es solamente cuánto utilizamos la inteligencia artificial. Es cuánto podemos intervenir en su desarrollo y en las condiciones de su utilización.
Lo que aportamos
América Latina no llega a esta transformación con las manos vacías.
Tenemos recursos energéticos, infraestructura, profesionales, universidades, empresas y millones de personas que utilizan herramientas digitales.
También participamos en actividades necesarias para el funcionamiento de numerosos servicios tecnológicos: procesamiento y anotación de datos, evaluación de contenidos, atención al cliente y otras tareas que forman parte de las cadenas internacionales de trabajo.
Pero conviene distinguir dos cosas.
Participar en una cadena de producción no significa controlar esa cadena. Y utilizar una tecnología no equivale a decidir cómo se desarrolla.
Esta diferencia es particularmente importante cuando hablamos de inteligencia artificial.
Una empresa puede prestar servicios desde América Latina y, al mismo tiempo, depender de sistemas, plataformas y decisiones empresariales que se encuentran fuera de la región.
Eso no convierte automáticamente la relación en perjudicial. Puede generar empleo, conocimiento y oportunidades.
Lo que corresponde preguntar es qué parte del valor producido permanece aquí, qué capacidades se desarrollan y qué dependencia se crea.
Porque recibir inversiones no es necesariamente lo mismo que construir autonomía tecnológica.
Las decisiones también son políticas
Hay otro aspecto que suele quedar detrás de los anuncios.
La inteligencia artificial no se desarrolla solamente en los laboratorios. Su expansión también depende de decisiones políticas.
Los gobiernos establecen incentivos, negocian inversiones, diseñan regulaciones, financian educación y determinan las condiciones en que operan las empresas.
En América Latina, esas decisiones encuentran realidades muy distintas.
No son iguales las capacidades de investigación de Brasil, Chile o Uruguay que las de países con menos recursos e infraestructura. Tampoco son iguales sus sistemas educativos, sus mercados laborales ni sus posibilidades de financiar una transición tecnológica.
Hablar de América Latina como si fuera una sola economía sería cometer el mismo error que criticamos cuando otros hablan de nosotros sin conocer nuestras diferencias.
Y aquí aparece una responsabilidad que no podemos atribuir exclusivamente a las grandes empresas tecnológicas. La política es un factor determinante. Somos países con sistemas políticos distintos que comparten una región.
Nuestros gobiernos también deciden, y sus decisiones no siempre están enfocadas en mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos.
Deciden cuánto invertir en investigación, qué prioridades establecer, cómo preparar a los trabajadores y qué condiciones exigir a quienes desean instalar infraestructura tecnológica.
No todo depende de San Francisco, Bruselas o Pekín.
Una parte depende de nosotros. Y esa parte merece tanta atención como las decisiones tomadas fuera de nuestras fronteras.
El lugar de la gente
Hay una pregunta que me interesa especialmente.
¿Dónde están las personas que tendrán que convivir con las consecuencias de estas decisiones?
No hablo solamente de investigadores, empresarios o funcionarios.
Hablo del trabajador que deberá adaptarse a nuevas herramientas. Del estudiante que comienza a utilizarlas antes de comprender cómo funcionan. Del docente que intenta incorporarlas a sus clases. Del ciudadano que entrega información personal sin conocer demasiado bien qué ocurre con ella.
También hablo de quienes viven cerca de las instalaciones que necesitan energía, agua y territorio para sostener la infraestructura digital.
La transición tecnológica tiene consecuencias que no se distribuyen de manera uniforme. Aunque compartimos una región y, en buena parte, un mismo idioma, las consecuencias impactan de modo distinto en cada país, dependiendo en gran medida de la naturaleza de sus políticas de Estado.
Algunas personas encontrarán oportunidades. Otras enfrentarán dificultades. Y muchas deberán adaptarse a decisiones en las que apenas participaron.
No es una particularidad exclusiva de América Latina. Pero nuestras desigualdades económicas, educativas e institucionales pueden hacer que esas consecuencias sean más difíciles de afrontar.
Por eso, cuando escucho hablar del futuro de la inteligencia artificial, me interesa tanto lo que se promete como las condiciones en que esas promesas podrían cumplirse.
Y, sobre todo, quiénes tendrán la posibilidad de beneficiarse de ellas.
Desde este lado del mapa
No creo que América Latina necesite pedir permiso para participar en el debate sobre inteligencia artificial.
Ya estamos participando.
Lo que Latinoamérica necesita es fortalecer su capacidad de investigación, desarrollar infraestructura, formar profesionales y construir políticas que respondan a sus propias necesidades. Eso puede darle más peso a nuestra voz y, quizá, a nuestro voto, porque la presencia ya la tenemos.
También necesita examinar con cuidado las condiciones bajo las cuales recibe inversiones y adopta tecnologías.
Porque no todas las decisiones que resultan convenientes para una empresa son necesariamente convenientes para una sociedad. Y no todas las soluciones diseñadas para otras economías responden a nuestros problemas.
La tecnología cambia el escenario, pero muchas de las preguntas humanas permanecen.
¿Quién decide? ¿Quién se beneficia? ¿Quién asume los costos?
Son preguntas que hemos tenido que hacernos antes, frente a otras transformaciones económicas y tecnológicas.
La inteligencia artificial vuelve a ponerlas sobre la mesa.
Lo que viene
Esta serie nace de esas preguntas.
En el segundo episodio examinaremos la energía, el agua y los centros de datos. Qué necesitan estas instalaciones, qué puede aportar América Latina y cómo se distribuyen sus costos.
En el tercero hablaremos del español. De las particularidades de nuestra lengua y de lo que ocurre cuando comenzamos a utilizar sistemas desarrollados con datos y criterios lingüísticos que no siempre representan nuestra diversidad.
En el cuarto abordaremos el trabajo. La automatización, la reconversión laboral y las dificultades de adaptar esas propuestas a economías donde la informalidad y la desigualdad siguen teniendo un peso considerable.
No se trata de presentar a América Latina como una víctima inevitable de la tecnología. Tampoco de celebrar cada inversión como si fuera una garantía de progreso.
Se trata de observar, contrastar y preguntar. Porque nuestra América no está fuera de esta transformación. Está dentro, con capacidades, limitaciones, oportunidades y problemas propios.
Y si ya formamos parte de ella, la pregunta que queda es otra:
¿Qué estamos haciendo para que nuestra participación no se limite a recibir las decisiones de los demás?
Fuentes:
- UNESCO — Cumbre Ministerial y Hoja de Ruta 2026–2027. Publicación actualizada el 2 de julio de 2026.
- CEPAL — Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial 2025. Informe completo.
- CEPAL — América Latina y el Caribe acelera la adopción de la IA. Comunicado del 3 de octubre de 2025, con las cifras de inversión y los resultados regionales.





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