Un recorrido por las ideas y las tecnologías que hicieron posible la inteligencia artificial.

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Hoy todos hablamos de inteligencia artificial. La elogiamos, la criticamos, le tenemos miedo o depositamos en ella esperanzas desmedidas. Pero rara vez nos detenemos a formular una pregunta mucho más simple:

¿Qué es exactamente eso que llamamos inteligencia artificial?

Quizá la primera respuesta sea también la más difícil de aceptar. La inteligencia artificial no es un cerebro, no es un programa, no es un algoritmo y tampoco es una única tecnología.

Es la convergencia de muchas tecnologías que, durante décadas, evolucionaron por separado hasta encontrarse.

Si queremos entender cómo se fue armando este muñeco, quizá convenga empezar por una pregunta que tiene más de setenta años.

En 1950, Alan Turing formuló una pregunta que cambiaría la historia: “¿Pueden pensar las máquinas?” Seis años más tarde, durante la Conferencia de Dartmouth de 1956, John McCarthy acuñó por primera vez el término inteligencia artificial. Aquella reunión marcó el nacimiento oficial de un nuevo campo de investigación que, setenta años después, forma parte de la vida cotidiana de millones de personas.

Pero entre aquella pregunta y ChatGPT no existe una línea recta. Existe una larga historia de descubrimientos, avances científicos y desarrollos tecnológicos que fueron apareciendo poco a poco hasta terminar encajando.

Primero alguien consiguió que las máquinas calcularan.

Después aprendimos a almacenar información.

Más tarde las conectamos entre sí.

Comenzamos a producir cantidades inmensas de datos.

Descubrimos nuevas herramientas matemáticas para que encontraran patrones.

Construimos procesadores cada vez más potentes para entrenarlas.

Y solo cuando todas esas piezas empezaron a trabajar juntas apareció aquello que hoy llamamos inteligencia artificial.

Sabemos utilizar la inteligencia artificial, pero no necesariamente la comprendemos. Es parecido a conducir un automóvil sin tener la menor idea de cómo funciona un motor. Eso basta para llegar a un destino, pero no para entender sus posibilidades, sus límites o sus riesgos.

Con esto no pretendo convertir a nadie en ingeniero. Tampoco escribir un tratado lleno de ecuaciones. Solo quiero desmontar el muñeco para que podamos ver, de manera sencilla, de qué está hecho.

Porque la inteligencia artificial no nació de un día para otro. No es un ente. No es un único algoritmo. Y tampoco se reduce a ChatGPT, Claude o Gemini. Es mucho más que eso.

Cuando llegó Internet ocurrió algo parecido. Millones de personas comenzaron a utilizarlo sin saber exactamente qué era. Aprendimos a navegar antes de comprender la red. Enviábamos correos sin saber cómo viajaban, visitábamos páginas sin pensar dónde estaban almacenadas y buscábamos información sin conocer el funcionamiento de los motores de búsqueda.

Ese desconocimiento no impidió su adopción. Internet se volvió cotidiano mucho antes de que desarrolláramos una verdadera alfabetización digital sobre aquello que había detrás.

Con la inteligencia artificial está ocurriendo algo muy parecido. La usamos, conversamos con ella, le pedimos que escriba, resuma, traduzca, analice o aconseje, pero gran parte de quienes la utilizan apenas tiene una idea de cómo fue construida, de qué materiales tecnológicos depende o cuáles son sus límites.

Hemos aprendido a usarla antes de aprender a comprenderla.

A mí también me pasó.

Internet llegó y lo adopté como millones de personas. Aprendí a navegar, a buscar información y, con el tiempo, terminó formando parte de mi vida cotidiana. Pero durante muchos años nunca me pregunté cómo había sido construido ni hasta dónde podía llegar.

Simplemente lo usé.

Con la inteligencia artificial empiezo a reconocer esa misma sensación. Millones de personas la están incorporando a su trabajo, a sus estudios y a su vida diaria sin detenerse demasiado a pensar qué hay detrás de esa conversación que mantienen con una máquina.

Quizá por eso hoy siento curiosidad. No para convertirme en ingeniero ni en científico, sino para entender cómo se fue armando el muñeco. Porque intentar comprender una tecnología también es una forma de relacionarse mejor con ella.

Tal vez la verdadera alfabetización digital del siglo XXI no consista únicamente en saber utilizar la inteligencia artificial.

Consista también en entender, aunque sea de manera sencilla, cómo se fue armando el muñeco que hoy conversa con nosotros.

Y quizá ahí exista una diferencia importante.

La historia de la inteligencia artificial todavía no ha terminado de escribirse. Nuevos materiales, nuevas arquitecturas de chips, nuevas formas de entrenamiento y nuevos descubrimientos científicos siguen incorporando piezas a este enorme rompecabezas tecnológico.

Por eso comprender cómo nació también es una forma de prepararnos para entender hacia dónde podría dirigirse. Porque, nos guste o no, ya estamos viajando con ella. Y cuando uno no puede detener el viaje, al menos debería intentar comprender el camino.

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