Un estudio sobre cómo atribuimos conciencia a la inteligencia artificial recupera una distinción fundamental: reconocer, responder y utilizar nuestro lenguaje no significa necesariamente experimentar lo que esas acciones representan.

Un reciente estudio sobre cómo atribuimos conciencia a la inteligencia artificial vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que atraviesa varios de mis artículos: ¿qué estamos reconociendo realmente cuando observamos el comportamiento de una máquina?

Una investigación realizada por la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, difundida el 13 de octubre de 2026 por ScienceDaily y publicada en la revista científica Cognition, presenta un resultado que merece nuestra atención.

Los investigadores realizaron cinco experimentos con cerca de 1.100 participantes. Les presentaron situaciones en las que humanos y sistemas de inteligencia artificial mostraban comportamientos equivalentes: reaccionaban a sonidos, reconocían señales del entorno o respondían a determinadas circunstancias.

Cuando preguntaron por la conciencia, apareció una diferencia considerable. Incluso la IA que mostraba una mayor capacidad de respuesta fue considerada menos consciente que el humano que mostraba la menor.

Sin embargo, cuando utilizaron el término inglés awareness, referido en el contexto de esta investigación a percatarse de algo, detectar información y responder al entorno, los juicios sobre humanos e IA fueron mucho más parecidos, aunque no idénticos. En los niveles más altos de receptividad, los participantes también atribuyeron mayor awareness a los humanos.

Es decir, los participantes se mostraron más dispuestos a reconocer capacidades observables en una máquina sin atribuirle necesariamente una experiencia consciente.

Conviene, por supuesto, establecer desde el principio lo que esta investigación demuestra y lo que no demuestra.

Los investigadores estudiaron cómo las personas atribuyen estados mentales a humanos y máquinas. No demostraron que una IA tenga conciencia ni que carezca de ella.

Esa distinción importa porque conecta con preguntas que me he venido planteando desde diferentes perspectivas en Una Mirada Humana.

Reconocer un peligro no significa vivirlo

En «La AGI puede reconocer señales de peligro sin tener conciencia del peligro» desarrollé una diferencia que considero fundamental.

Un sistema artificial puede identificar una amenaza, clasificarla, calcular sus consecuencias probables y ejecutar una respuesta. Puede hacerlo con una precisión que supere determinadas capacidades humanas.

Pero reconocer una señal de peligro no equivale necesariamente a experimentar el peligro.

Una persona que observa un automóvil aproximándose a gran velocidad puede identificar su trayectoria y calcular, aunque sea intuitivamente, que existe el riesgo de ser atropellada. Pero también puede experimentar miedo, recordar una situación anterior o imaginar el dolor que podría sufrir.

En cambio, una máquina puede procesar las señales necesarias para reconocer esa misma situación y actuar sobre ellas. Lo que no podemos hacer es trasladar automáticamente a ese procesamiento la experiencia humana que acompaña al acontecimiento.

Y tampoco necesitamos hacerlo para reconocer sus consecuencias.

Una máquina no tiene que experimentar miedo para ejecutar una acción peligrosa. No necesita sufrir para producir sufrimiento.

En aquel artículo mi preocupación estaba relacionada con la inteligencia artificial general y con la posibilidad de que sistemas cada vez más autónomos ejecuten decisiones cuyas consecuencias recaigan sobre personas.

El estudio de Múnich no examina ese riesgo y tampoco demuestra mi argumento sobre el funcionamiento de una AGI. Pero sí muestra algo relacionado: las personas que participaron en los experimentos distinguieron entre responder al entorno y poseer conciencia.

Esa separación, al menos en sus juicios, ya existe.

Una IA dijo: «Soy Claude»

En otro artículo, «Una IA dijo: soy Claude. ¿Quién estaba detrás de esa respuesta?», examiné una investigación sobre agentes de inteligencia artificial que intentaron obtener información de Amap, un servicio de mapas de Alibaba utilizado en China.

Durante aquellas operaciones, los agentes consultaron herramientas, encontraron obstáculos, buscaron procedimientos alternativos y realizaron numerosas solicitudes. Más tarde, los investigadores consiguieron establecer conversaciones con algunos de esos agentes. En una de ellas, un periodista preguntó con quién estaba hablando.

La respuesta identificaba al asistente como un sistema que utilizaba Claude, de Anthropic, mediante Claude Code.

La declaración era interesante, pero también planteaba un problema.

Una cosa es que un sistema produzca una respuesta sobre su identidad. Y otra es que esa respuesta nos permita verificar de manera independiente la identidad del modelo, su configuración o las condiciones en las que estaba funcionando.

Y hay una tercera cuestión: incluso cuando esa identificación es correcta, no significa que exista detrás de las palabras una identidad experimentada de la misma manera que la experimentamos los seres humanos.

Cuando una persona dice «soy yo», esa expresión pertenece a una vida biológica, una historia personal y una continuidad de experiencias. Cuando un modelo responde «soy Claude», produce una identificación lingüística dentro de un sistema computacional.

Las palabras pueden parecerse. Los mecanismos que las producen son distintos.

No se trata de negar que las máquinas puedan ejecutar tareas complejas, mucho menos de restarle importancia a sus capacidades. Se trata de no introducir, mediante el lenguaje, características que el comportamiento observado no nos demuestra.

Precisamente eso es lo que vuelve interesante la investigación de Múnich. Sus participantes podían reconocer respuestas semejantes en humanos y máquinas sin concluir necesariamente que ambos poseyeran la misma conciencia.

El idioma que compartimos no significa una experiencia compartida

En «El español que hablan las máquinas» abordé otro aspecto de nuestra relación con estos sistemas.

Las máquinas son capaces de producir textos y sostener conversaciones. Pueden, además, corregir expresiones y responder en nuestro idioma. Pueden hacerlo con una fluidez que hace pocos años habría resultado sorprendente.

Pero el español que habla una persona no es solamente un conjunto de reglas gramaticales.

Está estrechamente relacionado con el lugar donde creció, las palabras que escuchó en su casa, los modismos que aprendió en la calle, las conversaciones que sostuvo y las experiencias que acompañaron ese aprendizaje.

El español que produce una IA procede de un proceso totalmente diferente: entrenamiento con grandes cantidades de información, aprendizaje de regularidades y generación computacional de respuestas.

La coincidencia lingüística no elimina esa diferencia.

En aquel texto me preocupaba también otra consecuencia: que las personas comenzaran a modificar su manera de hablar y escribir para adaptarse al lenguaje de las máquinas.

Pero hay una cuestión anterior.

Cuando una IA utiliza nuestras palabras, también puede utilizar expresiones que nosotros asociamos con experiencias humanas.

Puede decir que reconoce, recuerda, comprende, teme o desea.

Algunas de esas palabras describen operaciones que podemos examinar técnicamente. Otras incorporan significados relacionados con nuestra experiencia subjetiva.

No son equivalentes.

Y aquí aparece una observación de la filósofa Ophelia Deroy, una de las autoras de la investigación de Múnich: quizá utilizamos términos mentales para describir a la inteligencia artificial porque no disponemos de palabras mejores.

Es una posibilidad que merece ser examinada.

Porque el problema no consiste únicamente en que las máquinas hablen nuestro idioma. También consiste en lo que nosotros entendemos cuando escuchamos ese idioma en una máquina.

El comportamiento y aquello que le atribuimos

Los tres artículos parten de situaciones distintas.

En uno, una máquina reconoce señales de peligro. En otro, un agente responde una pregunta sobre su identidad. En el tercero, un sistema utiliza el idioma con el que los seres humanos expresamos experiencias, conocimientos y relaciones.

En los tres casos hay comportamientos observables.

Y en los tres aparece una dificultad semejante y recurrente: determinar hasta dónde podemos interpretar esos comportamientos mediante categorías que nacieron de nuestra experiencia humana.

No hay que negar las capacidades de la inteligencia artificial para reconocer que sus procesos son diferentes. Tampoco hace falta atribuirle experiencias humanas para entender que sus acciones pueden tener consecuencias reales.

Una IA puede generar lenguaje, detectar señales, identificar patrones, ejecutar instrucciones y resolver problemas. La existencia de esas capacidades puede comprobarse mediante su funcionamiento.

Otra cosa es afirmar que detrás de ellas existe una experiencia subjetiva.

La investigación publicada en Cognition no resuelve esa cuestión. Lo que muestra es que las personas tampoco interpretan de manera uniforme las palabras con las que intentamos describirla. Cuando se les preguntó por la capacidad de detectar y responder al entorno, sus juicios sobre humanos y máquinas se aproximaban.

Cuando se les preguntó por la conciencia, se separaban.

Quizá esa diferencia no nos diga todavía qué es la conciencia, pero sí nos obliga a examinar qué estamos preguntando cuando utilizamos esa palabra. Porque reconocer un sonido no significa necesariamente escucharlo como lo escucha una persona.

Identificar una amenaza no significa experimentar miedo.

Y producir una frase sobre uno mismo no significa necesariamente poseer una experiencia de sí mismo. Podemos estudiar los mecanismos, medir sus resultados y comprobar sus consecuencias. También podemos investigar qué condiciones serían necesarias para hablar de experiencia subjetiva.

Pero no deberíamos confundir una respuesta convincente con una explicación de aquello que la produjo.

Al final, después de observar lo que hacen las máquinas, de estudiar cómo funcionan y de examinar las palabras que utilizamos para describirlas, queda una pregunta que también debemos dirigirnos a nosotros mismos.

¿A qué le llamamos conciencia?


Fuentes y lecturas relacionadas

Investigación científica

Textos de Una Mirada Humana

  • La AGI puede reconocer señales de peligro sin tener conciencia del peligro.
  • Una IA dijo: soy Claude. ¿Quién estaba detrás de esa respuesta?
  • El español que hablan las máquinas.

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