Una sátira sobre trece tribus digitales me llevó a una pregunta inesperada: ¿estamos viendo todos la misma plataforma?
Hace unos días leí un texto de David J. Friedman titulado Welcome to Substackistan, publicado el 25 de octubre de 2026. Me hizo reír. No a carcajadas, pero sí lo suficiente para reconocer la habilidad con la que su autor había retratado ciertos comportamientos de quienes habitamos esta plataforma.
Friedman imaginó Substack como una nación, Substackistán, y clasificó a sus habitantes en trece tribus. Allí aparecen los intelectuales, los poetas, los investigadores, los vendedores de fórmulas para conseguir seguidores, los constructores de comunidades, los artistas, los polemistas, los escritores de ficción y hasta los gatos, que aparentemente han conseguido dominar el arte de recibir atención sin necesidad de elaborar una estrategia editorial.
La sátira es ingeniosa. Tiene humor, ironía y algunas observaciones bastante reconocibles. Sin embargo, mientras avanzaba en la lectura, algo me llamó la atención.
Yo, a título personal, no terminaba de encontrarme entre aquellas tribus.
Y no lo digo porque me considere distinto, excepcional o ajeno a las contradicciones que Friedman describe. Participo en Substack, publico muchas Notes, comparto artículos y, por supuesto, también me interesa que alguien lea lo que escribo, igual que todos.
Soy cronista…. o eso creo, Investigo y escribo principalmente sobre inteligencia artificial, aunque mi preocupación central no son las máquinas, sino las consecuencias humanas de su desarrollo. Mi proyecto editorial se llama Una Mirada Humana, precisamente por esa razón.
Podría reconocer algunos de mis hábitos entre los investigadores de Friedman. También podría encontrar algo de mí entre los bufones digitales, especialmente cuando abandono la solemnidad para escribir las disparatadas historias de mi Taberna Digital. Pero ninguna de aquellas categorías me describía completamente.
Al principio pensé que quizá estaba pasando por alto algo evidente. Después apareció otra posibilidad.
¿Y si el problema no estaba en mi ególatra incapacidad para reconocerme, sino en la idea de que todos estamos viendo el mismo Substack?
El idioma también construye nuestro entorno
Hace algún tiempo reflexionaba sobre algo que considero importante: el lenguaje no es solamente una estructura gramatical que utilizamos para comunicarnos. Detrás de las palabras existen experiencias, referencias culturales, costumbres y maneras de interpretar lo que nos rodea.
Dos personas pueden hablar idiomas diferentes y describir un mismo acontecimiento sin necesariamente atribuirle el mismo significado. Pero en una plataforma digital como Substack ocurre algo adicional. El idioma no solamente influye en nuestra interpretación de los contenidos. También puede influir en los contenidos a los que llegamos.
Una persona que lee y escribe principalmente en inglés probablemente establece muchas de sus relaciones digitales dentro de comunidades angloparlantes.
Quien participa en japonés, español, polaco, griego o cualquier otro idioma puede desarrollar relaciones y hábitos de lectura diferentes.
No significa que existan fronteras infranqueables. Hay personas que hablan varios idiomas, leen publicaciones internacionales y participan en comunidades muy diversas. Tampoco significa que todos los hablantes de una lengua compartan la misma cultura o los mismos intereses.
Significa algo más sencillo: el idioma puede contribuir a delimitar nuestro campo habitual de observación.
Y entonces regresé a la sátira de Friedman.
¿Estaba describiendo a todos los habitantes de Substack o principalmente a los habitantes del Substack que él conoce? No pretendo responder por él. Su texto es una sátira, no un estudio sociológico, y sería injusto exigirle una representación exhaustiva de millones de experiencias.
Pero la pregunta merece atención.
El universo que alimentamos
Cuando entramos en una plataforma como Substack no necesariamente encontramos una representación completa de todo lo que allí se publica. Seguimos autores, leemos determinados temas, nos detenemos ante algunas publicaciones, ignoramos otras, comentamos, damos likes y hacemos restack.
Esas acciones pueden convertirse en señales para los sistemas que organizan y recomiendan contenidos. También influyen nuestras propias decisiones: a quién seguimos, qué buscamos y qué comunidades elegimos frecuentar.
No conozco con precisión cuánto pesa cada una de esas variables en el algoritmo de Substack. Por tanto, no voy a atribuirle mecanismos específicos que no puedo demostrar.
Lo que planteo es una hipótesis más amplia.Nuestra experiencia de una plataforma puede ser el resultado de una interacción continua entre lo que buscamos, lo que encontramos y lo que el sistema decide mostrarnos.
Y esa experiencia puede cambiar.
Si comenzamos a leer sobre un asunto diferente, seguimos a nuevos autores o participamos en otras conversaciones, nuestro entorno digital también puede transformarse. Es una realidad visible, pero no necesariamente una realidad compartida.
Para explicarlo, imaginemos dos situaciones.
Un aficionado al Kentucky Derby
Supongamos que alguien vive en Kentucky y es un apasionado de la hípica. Le interesa conocer cuáles son los caballos que podrían participar en el próximo Kentucky Derby, qué entrenadores están preparando a sus ejemplares, cuáles han sido los resultados de las carreras clasificatorias y qué opinan los especialistas.
Ese aficionado encuentra autores que escriben sobre caballos, comienza a seguirlos, comenta sus publicaciones y comparte algunas con otros aficionados. Esa iteración dentro de su propio Substack con el tiempo, podría construir una red de relaciones alrededor de ese interés.
Es perfectamente posible que, al entrar en Substack, encuentre conversaciones sobre hípica que para él resulten familiares y habituales. Yo también conozco algo de hípica. Sé, por ejemplo, que el Kentucky Derby se celebra tradicionalmente en mayo.
Pero no utilizo Substack para seguir ese deporte.
Mis lecturas habituales giran alrededor de la inteligencia artificial, la tecnología, el trabajo, los derechos de autor y otros asuntos relacionados con sus consecuencias sociales. Es posible que ese aficionado y yo pasemos meses utilizando la misma plataforma sin encontrarnos jamás.
Él podría conocer a decenas de autores cuya existencia yo ignoro. Y yo podría leer publicaciones que nunca aparezcan en su recorrido habitual.
¿Quién de los dos conoce mejor Substack? La pregunta está mal planteada porque los dos conocemos una parte.
Y ninguno debería confundir automáticamente esa parte con la totalidad.
Mi vecino y yo
Pero no hace falta viajar hasta Kentucky.
Vivo en Hollywood, Florida. Y naturalmente ,tengo vecinos a quienes saludo ocasionalmente cuando salgo a trabajar o cuando estoy cortando la grama.
Imaginemos que uno de ellos también tiene una cuenta de Substack.
Yo no lo sé. Él tampoco sabe que yo publico allí.
Vivimos a pocos metros de distancia. Compartimos el mismo vecindario, las mismas calles y buena parte de las circunstancias cotidianas de nuestra comunidad. Quizá incluso nos encontramos en el supermercado. Quizá ambos nos quejamos del calor o del precio de algún producto como la gasolina en estos días. Sin embargo, cuando regresamos a nuestras casas y abrimos Substack, podríamos encontrarnos con dos entornos digitales completamente distintos.
Mi vecino podría estar leyendo sobre jardinería, religión, inversiones o historia militar.
Yo, por el otro lado, podría estar leyendo sobre una demanda relacionada con inteligencia artificial o sobre las condiciones laborales de quienes trabajan en centros de datos. Él podría llevar años conversando con una comunidad de escritores que yo desconozco.
Y yo podría estar publicando artículos sobre asuntos que a él le interesarían, sin que jamás hayamos descubierto esa coincidencia. Y aquí, viene lo más loco.
Al día siguiente volveríamos a saludarnos.
—Buenos días, vecino.
—Buenos días. ¿Cómo va todo?
—Aquí, cortando la grama.
Y cada uno continuaría con su vida. En el mundo físico somos vecinos. En el mundo digital podríamos ser prácticamente desconocidos.
Lo curioso es que no existe ninguna frontera geográfica entre nosotros.
La separación no necesita un océano, una montaña ni un idioma diferente. Bastan dos recorridos digitales que nunca llegan a cruzarse.
¿Cuántos universos caben en una plataforma?
Aquí aparece la cuestión que más me interesa.
No estoy afirmando que cada usuario habite una realidad completamente independiente.
Las publicaciones existen, aunque no las veamos. Los autores siguen escribiendo, aunque nunca aparezcan en nuestro feed. Y las comunidades pueden cruzarse, mezclarse o transformarse. Tampoco estoy diciendo que el algoritmo sea el único responsable de esa fragmentación.
Nuestros intereses y decisiones personales participan de forma activa en ella. Pero sí creo que podemos hablar de universos de experiencia paralelos dentro de una misma plataforma.
Cada uno está formado por una selección de personas, temas, conversaciones y acontecimientos. Lo que para un usuario constituye una discusión central puede resultar absolutamente desconocido para otro.
Y cuando alguien intenta describir la plataforma desde su propia experiencia, corre el riesgo de presentar únicamente ese fragmento como si fuera el conjunto total. Y no solo eso, sino asumir de hecho que lo es para el resto de quienes aquí convivimos.
Volvamos entonces a Friedman.
Sus trece tribus pueden describir con brillantez comportamientos que él ha observado o que reconoce en su entorno. Un lector como yo, puede encontrarlas divertidísimas porque conoce a personas que encajan en ellas.
Otro puede reconocerse en varias.
Y un tercero, como me ocurrió a mí caso, puede terminar preguntándose dónde están los demás habitantes.
No necesariamente porque falten en la plataforma.
Quizá faltan en el mapa que estamos utilizando para representarla.
Lo que no vemos también existe
Hay una consecuencia de todo esto que me parece especialmente importante. Nuestra experiencia digital puede terminar influyendo en nuestra percepción de lo que ocurre fuera de ella.
Si determinadas opiniones aparecen constantemente ante nosotros, podríamos llegar a pensar que son mucho más frecuentes de lo que realmente son. Si nunca encontramos ciertas preocupaciones, podríamos subestimar su importancia para otras personas.
Si participamos durante mucho tiempo en una comunidad donde todos discuten los mismos asuntos, podríamos confundir la intensidad de esa conversación con su relevancia universal. Y, desde allí. Llegar a asumir de forma errónea que es universal
No significa que todo lo que vemos sea falso.
El problema aparece cuando convertimos una experiencia parcial en una descripción general del mundo.
Y esto no se limita a Substack. La misma pregunta puede plantearse respecto de otras redes sociales, plataformas de video, buscadores y sistemas de recomendación.
¿Cuánto de lo que creemos conocer procede de una observación amplia y cuánto de un entorno informativo construido alrededor de nuestros hábitos?
No tengo una respuesta definitiva.
Pero considero que la pregunta merece hacerse, especialmente cuando hablamos de plataformas que permiten a millones de personas producir y consumir información.
Porque una cosa es tener acceso potencial a una enorme cantidad de contenidos.
Y otra totalmente distinta es llegar a conocerlos.
El problema de Su Majestad Divina
En mi Taberna Digital por ejemplo, existe un personaje llamado Su Majestad Divina. Es un(a) monarca convencido(a) de la importancia de su autoridad, acompañado por una corte de personajes igualmente disparatados.
Mientras conversaba sobre estos universos digitales, imaginé qué sucedería si alguien le explicara que sus súbditos podrían estar viviendo dentro de su reino sin saber siquiera que él existe.
Su Majestad Divina seguramente entraría en una crisis existencial.
—¿Cómo es que mis súbditos ignoran la existencia de mi reino?
Y los Monjes del Router Sagrado responderían:
—Majestad, todos habitan vuestro reino, pero cada uno contempla uno diferente.
—¡¿Y quién ha autorizado semejante disparate?!
—El Algoritmo, Majestad.
—¡Pues que comparezca inmediatamente ante mí!
—Imposible, Majestad. Vuestro edicto no ha recibido suficientes interacciones para llegar a su feed. Ni a 5 likes ha llegado…y no existen restacks!!
La escena me hizo reír.
Pero detrás del disparate aparece una contradicción bastante seria. Un(a) monarca puede proclamarse soberano(a) de un territorio y descubrir que buena parte de sus habitantes jamás ha oído hablar de él.
En una plataforma digital, alguien puede creer que conoce a sus habitantes porque reconoce a quienes aparecen continuamente ante sus ojos.
Y, si..Eso es posible, pero quizás no plausible





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